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Heber Huamán: el hombre que aprendió del fuego

  • Foto del escritor: Leyla Aboudayeh
    Leyla Aboudayeh
  • 26 jun
  • 3 min de lectura

Aprendió el oficio en el taller de su padre y convirtió el metal en una de las expresiones más personales de la escultura peruana. Hoy despedimos a Heber Huamán, un creador cuya obra demuestra que el talento se forja con libertad, técnica y perseverancia.


Por Leyla Aboudayeh




"¿Quieres ser rico y empresario o quieres ser loco y pobre?"


La pregunta se la hizo su padre cuando era joven. Frente a él tenía el negocio familiar, las célebres Cocinas Huamán que abastecieron numerosos hogares cusqueños durante las décadas de 1950 y 1960. Del otro lado estaba el arte, un camino incierto, sin garantías y lleno de sacrificios.

Heber Huamán eligió el arte.


La anécdota aparece en el documental El fuego solitario y resume buena parte de la vida del escultor que falleció esta semana dejando tras de sí una de las trayectorias más singulares de la escultura peruana contemporánea.


Nacido en Abancay el 14 de diciembre de 1949 y trasladado al Cusco tras el terremoto de 1950, Huamán creció rodeado de herramientas, metal, hornos y talleres. Aprendió desde niño a trabajar con las manos, observando a su padre y ayudando en las labores familiares. Mucho antes de pensar en convertirse en artista ya conocía el comportamiento del hierro, la madera y el fuego.


En el documental recuerda que de niño fabricaba juguetes y pequeñas piezas con los materiales que encontraba a su alrededor. Aquellas experiencias tempranas marcarían para siempre su relación con la materia. Mientras otros artistas se acercaban a la pintura o al dibujo, él encontró en el metal un territorio de exploración casi inédito.


"No estaba para pintar casitas ni llamitas", respondería años después cuando algunos le preguntaban por qué no seguía las corrientes dominantes del arte andino de la época.

Su camino fue otro.




A los dieciocho años participó por primera vez en el Santurantikuy y en 1969 realizó su primera exposición individual. A partir de entonces comenzó una trayectoria que lo llevaría a exponer dentro y fuera del Perú, cosechando reconocimientos como el Premio del Banco Central de Reserva en 1973, la Medalla Inca Garcilaso de la Vega en 1975 y la Medalla Santurantikuy 2014, entre muchas otras distinciones.


Lo extraordinario de su obra fue su capacidad para convertir el oficio en lenguaje artístico. En sus esculturas convivían la memoria de la piedra andina, la fauna, la mitología, la agricultura, los personajes históricos y las experiencias cotidianas. Trabajó el hierro, el cobre, el bronce y los metales reciclados con una libertad poco común, construyendo un universo visual profundamente vinculado al Cusco y al Perú, pero alejado de cualquier repetición folclórica.



En El fuego solitario, Huamán habla repetidamente del fuego como una presencia constante en su vida. Lo recuerda desde la infancia, lo asocia a su personalidad y a su manera de entender la creación. El fuego aparece como una fuerza transformadora capaz de convertir la materia bruta en belleza.


Esa misma capacidad de transformación parece atravesar toda su trayectoria. Tomaba fragmentos de metal descartado y los convertía en esculturas. Convertía recuerdos de infancia en formas monumentales. Transformaba la experiencia cotidiana en símbolos. Nada parecía definitivamente terminado o inútil bajo su mirada.


Fernando Pachacútec Huamán Yuca
Fernando Pachacútec Huamán Yuca

Su legado artístico también encontró continuidad en su hijo, Fernando Pachacútec Huamán Yuca, quien heredó la pasión por el metal y desarrolló una destacada trayectoria como uno de los principales renovadores de la hojalatería artística cusqueña. Padre e hijo compartieron el fuego, el taller y una misma vocación por transformar el metal en memoria.

Sin embargo, el destino les impuso un doloroso quiebre. En 2024, Fernando falleció de manera prematura, una pérdida que marcó profundamente los últimos años de Heber Huamán.


Taller de Pachacutec Huamán


Aun así, el escultor nunca dejó de crear. Resulta especialmente conmovedor escuchar al maestro en los últimos minutos del documental donde sigue imaginando proyectos futuros. Sueña con realizar una escultura monumental de cinco o seis metros de altura. Habla de nuevas obras. Habla de seguir trabajando.


"Yo creo que el artista no se jubila"



Es imposible no leer hoy esas palabras como una declaración de principios. Heber Huamán nunca entendió el arte como una profesión que pudiera abandonarse, fue una forma de existencia. Una manera de relacionarse con el mundo, con la memoria y con la materia.


Las esculturas que deja son testimonio de esa vida dedicada por completo a la creación. Es sin duda un artista que construyó una obra de alcance universal desde el oficio, la perseverancia y una profunda fidelidad a sus raíces.


Como el hierro que trabajó durante décadas, Heber Huamán fue moldeado por el fuego. Y es precisamente allí, en ese fuego que nunca dejó de alimentar, donde hoy permanece vivo su legado.

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