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  • Foto del escritorYamileth Latorre

Piscoya o el extraño vanguardista

Actualizado: 25 feb


Se inspiró en la milenaria pintura rupestre para cultivar una obra rupturista y de proyección universal. Sin embargo, el deslumbrante peruano sólo quiso identificarse como un artista latinoamericano a secas.

 

Escribe: Yamileth Latorre

 

Pintó como si pintara en los antiguos muros desnudos  de una civilización mágica o en las mejillas sonrosadas de una cueva levemente alumbrada por el fuego y la esperanza. Pintó como los primeros pintores pintaban sus rituales y dialogaban con sus dioses y espíritus, exactamente como el hombre primitivo pintaba sus inocentes faenas de caza o sus callados gritos de auxilio para los que vendrán miles de años después. Wilbert Piscoya (setiembre de 1968 - febrero de 2024), el extraño pintor peruano heredero de un arte que conecta el pasado milenario con un futuro indescifrable, acaba de cruzar el umbral del dolor como un Cristo que va camino del calvario, solo, solo, con su «pesada cruz», o un chamán que todavía implora salvación a las fuerzas de la naturaleza.

 

Había llegado a Lima desde la provincia norteña de Ferreñafe a comienzos de la década del 80 enviado por su padre, un recio albañil, para trabajar en una fábrica de plástico en las entrañas de La Victoria. Su incursión y permanencia en la metrópoli repetía quizá la agitada ruta del escritor José María Arguedas: «Estoy en Lima, en el inmenso pueblo, cabeza de los falsos wiraqochas. […] Sobre la arena, con mis lágrimas, con mi fuerza, con mi sangre, cantando». Y ahí estaba el muchacho provinciano, levantándose bien temprano, absorto en una vida de trabajo duro, con sus manos de obrero entregadas a manipular toscos materiales para ayudar a sus diez hermanos menores. Sólo en sus ratos de descanso se permitía dibujar sobre papeles y cartones que encontraba a su paso. Pero era tan fuerte aún como para desear una nueva vida y conseguirla: «Al inmenso pueblo de los señores hemos llegado y lo estamos removiendo —se adelantó el amauta Arguedas—. Con nuestro corazón lo alcanzamos, lo penetramos; con nuestro regocijo no extinguido, con la relampagueante alegría del hombre sufriente que tiene el poder de todos los cielos, con nuestros himnos antiguos y nuevos, lo estamos envolviendo».



Wilbert Piscoya | 1989.

Una mañana caminó muy resuelto diez cuadras desde aquella fría planta de polietileno para inscribirse en la Escuela Nacional de Bellas Artes. El hijo de su jefe, que también estudiaba ahí, supuso que era un buen lugar para Wilbert, a quien había visto ejecutar diestros trazos a lapicero. Era 1983, el comienzo de una nueva historia: el prometedor artista saltaba de sus memorias infantiles abrazado por el olor de la caña quemada en Lambayeque, el crisol de las mañanas, sus ganas de arrojar piedras a los burros, las piruetas con la pelota y salidas despreocupadas al parque a dar vueltas y vueltas —que él mismo evoca en un poema— al rigor de los estudios superiores. De sus maestros en Lima aprendió pronto con entusiasmo y disciplina la armonía de los colores, la composición, el uso del carboncillo y cómo sombrear. Lo necesario para sumergirse más tarde, por su cuenta y hasta el delirio, en la experimentación. Durante su estadía en la escuela, Piscoya acumuló de su firma pinturas al óleo sobre lienzo cargadas de drama y expresionismo en vibrantes rojos y ocres, que le valieron para obtener el premio del Banco Central de Reserva del Perú y egresar con honores en 1989.

 

Su obra evolucionó hacia una estética exquisita en las décadas siguientes: consigue plasmar finos cuerpos geométricos que habitan paisajes envueltos por una niebla policromática. Son ojos sin rostro, de nariz y boca suprimidas. Se mueven y tocan instrumentos de viento: quenas, cornetas angélicas, zampoñas y pututos frente a sedosos papagallos que descansan su majestuosidad sobre un pedestal. Loros coloridos, pájaros celestes o rojos o blancos que reemplazan a las aves del paraíso. Animales totémicos que ofrecen serena compañía. Atmósferas tal vez de otros mundos y sin embargo semejantes a la tierra que nos duele y acoge. Ahí respiran nostálgicos seres —a veces alados— con cetros, lanzas, flechas, candelabros y raras ofrendas. Casi todos elevan los brazos al cielo como esperando recibir algo o entregando con urgencia lo que tienen para dar. Llevan bellos tocados o coronas o simples sombreros, reminiscencia de la vida cotidiana en Ferreñafe, donde los peones labran los campos de arroz bajo un sol que no perdona. Ojos fuego que rompen los colores —en ocasiones— leves y terrosos de su composición. Luciérnagas humanas de mirada rojo-antorcha, el láser que descorre el velo del tiempo y deja ver el asomo de lo contemporáneo y futurista.


¿Y cómo accede Piscoya a esta belleza prohibida? Ya fuera de las aulas de arte y al pisar otra vez las calles, el artista plástico abandona toda influencia moderna e incluso de los clásicos y renacentistas, y también vacía sus bolsillos de los óleos. Observador como siempre fue, estaba hojeando una revista cuando de repente exclamó «¡eureka!», como el viejo Arquímedes. Acababa de descubrir, conmovido, que en adelante quería dedicarse a algo que se pareciera a la pintura rupestre, prodigiosas manifestaciones de nuestros antepasados que nos retrotraen a las cavernas miles de años antes de Cristo. Y en aquella profusa sed de apropiación, comienza a investigar e interpretar: «Le agregué cosas de los mayas a esa composición muy particular de los glifos, en la que yo he suprimido el espacio y pongo la luna, el sol, la serpiente, una pirámide», dice cubriéndose el rostro con las manos en una entrañable entrevista para introTV —de las pocas que se tienen registro— donde casi todo el tiempo responde con los ojos cerrados, como si solo importara lo que habita dentro o únicamente fuera necesario atenerse a la luz cuando está frente a sus lienzos intentando traer a la realidad lo mágico maravilloso.



Y así avanza Piscoya, que aún tiene todos los poderes del cielo. Atraviesa solo la niebla de Lima, un desierto donde la arena hace aspavientos y hay que abrirse paso a tientas. Y él lo hace con una cegadora de pinceles, buscando claridad entre la bruma. Añorando los días en que papá Genaro y mamá Angélica repartían entre todos sus hermanos «panes, manzanas y naranjas» —un bodegón de amor imposible de superar cuando arrecia la ausencia y escasea el dinero—. El poeta Cesáreo Martínez, a quien quizá no leyó, conocía bien ese trayecto difícil: «Penetré en la niebla a tajo abierto. Abrí la niebla para que / mis pies conocieran las arenas. // Y las arenas al principio calentaron mi corazón. Entonces / toqué las puertas de niebla». Sin embargo, su arte también se nutre de libros y Piscoya toma para sí delicatessens de la opípara fuente literaria hispanoamericana. Deleita su paladar de artista con escritos de Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Julio Cortázar, Borges, García Márquez, Onetti y más. De ese modo, construye el marco teórico de su técnica real maravillosa. Por eso, hay que acudir a sus cuadros dispuestos no sólo a observar, sino también a leer: «Lo que yo quiero transmitir son narraciones, como pedazos de prosa o escritos pictóricos».



 

Tenía vivos y ardiendo los recuerdos de su padre albañil que mezclaba agua, yeso y goma de sapote para revestir las paredes de adobe, cuando en 1991 convirtió un taller alquilado en su laboratorio y se lanzó a experimentar. El joven Piscoya untaría cola, arena, tierra de colores, aserrín y el pigmento nogalina sobre la tela y el papel artesanal que iba a poblar de sus creaciones. Había ya pintado con barro como lo hacían los mochicas en la huaca del brujo, pero también absorbió las expresiones de los sicanes, chimúes e incas que dominaron el norte del antiguo Perú. Y cruzó las fronteras para abarcar a los chibchas y aztecas; y más allá, a los egipcios. A fin de conseguir pigmentos naturales, se transformaría en un alquimista que hervía hojas y cortezas, añadía óxidos y perseguía nuevos aglutinantes en ese ritual de artista único con una técnica mixta. «Yo siempre me he sentido diferente, hasta extraño, pues ese es mi objetivo con el arte: causar extrañeza y muchas preguntas en el público, y, por qué no, decirle al mundo que las raíces del arte latinoamericano son también de vanguardia», le confía a Merlín Marrau, que tiene nombre de mago.

 

Y en esa trayectoria hacia una identidad solvente, el peruano se descubre ante las generaciones futuras como un pintor latinoamericano y así insiste en que lo recuerden. Se niega a colocarle algún 'ismo' a su arte: «Yo hago pintura latinoamericana. Ese es mi discurso: no surrealismo, impresionismo ni nada de eso». Una posición diáfana que lo lleva a ser reconocido en 1993 con el Premio Hispanoamericano de Pintura Diego de Losada (España), para luego representar al Perú en India, Egipto, Francia y Canadá, donde pasa una temporada difundiendo su técnica con la beca de artista visitante en Ottawa School of Art. De regreso al Perú, la revista «Ui» de su alma máter —que lo acoge como maestro y director académico en las últimas dos décadas— le dedicó un portafolio en el que se consigna una aproximación del ensayista Mirko Lauer a su obra: «En los cuadros constructivos de Wilbert Piscoya vibra el antiguo sueño vanguardista de la plástica latinoamericana que busca establecer la universalidad de una mitología visual del continente, en la línea de lo que Bárbara Duncan llama las grandes tradiciones matemáticas abstractas del pasado».



Piscoya, es verdad, enfoca su arte en una identidad latinoamericana; pero son quizá seres de otros mundos, a veces transparentes, los que habitan sus lienzos. Figuras monocromáticas o de bordes blancos, híbridas, andróginas, recubiertas de una sencilla túnica y con ojos brillantes en la oscuridad —acompañadas por toros alados, animales humanizados o humanoides— las que inician una inquietante danza interestelar y bien podrían nacionalizarse extraterrestres. Aunque la visión del autor, ventilada en un breve documental de 2022, es en realidad más simple: «Cuando yo pinto un cuadro que parece rupestre, invito al espectador para que encuentre simbologías: la luna, el sol, algunos animalitos, [seres] con tambores, quenas y zampoñas. Invito a que el público se recree y goce con mi pintura». No obstante, el artista plástico originario de Ferreñafe —la tierra de la doble fe, por ­­­su arraigada creencia tanto en Dios como en la ley de los espíritus— también identifica duendes y hechizos. Y quizá sí, en efecto, la obra de Piscoya recoge el prisma del origen latinoamericano, sustentado por las leyendas y mitos de los incas, mayas, aztecas y sus apus y divinidades a los que se atribuye trazos y arquitecturas inexplicables. La verdadera raíz de donde germinan frutos extraños, extasiados en la armonía del caos, que intentan explicar el Ande y la Amazonía en su profundo misterio. ¿Era esa su intención? Piscoya, alguien que emerge de lo profundo, de la tradición más formal, y emprende vuelo con su cosmovisión hacia el espacio exterior, ya sólo nos responderá con su obra.

 

Y esa cima, a la que pocos llegan sin perder aire vital, lo devolvió cuesta abajo un funesto 13 de marzo de 2015.  «Me invitaron a jugar fútbol en una cancha sintética y se me ocurre subir la escalera para ver el tanque de agua. Quise tirar una piedra al costado porque había una puya inmensa. Y, no sé cómo, una mano negra, poderosa me bota al vacío», se lamenta. A partir de entonces, Piscoya era un Sísifo en picada que sólo podría volver a elevarse alzando vuelo como algún ave mítica de sus paisajes rupestres: «Torrentoso cauce cruza mi camino / y todo se hace difícil.. .difícil», diría en unos de sus últimos versos de 2023. Cuando empieza su tragedia, sus personajes pictóricos se conduelen en silencio. Y, a pesar de que ya no flotaran en el amarillo, naranja intenso, rojo y destellos violáceos, propios del candilazo, la calima y el arrebol —es decir, propios del júbilo—, él les sigue dotando de serenidad y se abstiene de narrar su sufrimiento en sus pinturas ahora con pinceladas de acrílicos y en formatos más pequeños. Tampoco cruzaría las fronteras como antes, sus abundantes viajes se tornan escasos o sus obras viajarían ya sin él —con una advertencia de frágil y pronta entrega por favor— para ser exhibidas en solitario.



 

Postrado, en esos límites del cuerpo, donde la columna vertebral no es más el rayo que no cesa y relampaguea, Piscoya se resiste aún a dejar de soñar y se describe como «un personaje inquieto / azul, negro y  tierra». Pero el dolor lo alcanza y envuelve en una niebla imposible: «Estoy aquí pálido, inerte / viendo cómo las mariposas / me preguntan quién soy yo / soy a veces un soplo / renegado del tiempo», revelaría en 2023. Y el 14 de setiembre, su último cumpleaños, a pesar de que las «palabras, formas, colores y texturas» parecen entregarle cierto alivio, reflexionaría: «No quiero parafrasear a Vallejo y decir / que nací un día cuando Dios estuvo enfermo, / pero a veces pienso que fue así». En otro momento, resiente el desamparo: «Me siento solo, abandonado / como una guitarra / llena de astillas, pronto a quebrarse». Manifiesta su anhelo de perderse «de una vez en esa atmósfera de azules y carmines». Y anuncia: «Preparo / mis huesos para un largo viaje». Lo agobia el abandono y canta: «Cuando intentes regresar / y toques la puerta. / Te pido solo. / Te pido solo / que me ayudes a resolver el crucigrama / de mis huesos y de mis pies». Wilbert Mario Piscoya Serrepe, el extraño pintor latinoamericano de trágico destino, había encontrado finalmente en la poesía el lenguaje invulnerable para expresar su angustia y fe.

 

«Mi corazón sigue rojo

respira vida,

a pesar de todo

sueño que un día

en sus viejas ramas

se posará el hada de las rosas y manzanas

regalando sonrisas y abrazos

y me llevará lejos

allá donde nace la magia del alba.

Entonces seré feliz».

 

—Piscoya (2021)



 

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