Lo que vive en esta selva
- Giuliana Vidarte

- 15 jul
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 16 jul
La obra de Luna Dannon transforma el paisaje amazónico en un cuerpo herido y habitado por la violencia. A través de grabados, esculturas e instalaciones, la artista visibiliza los abusos que afectan a las mujeres en comunidades de la Amazonía peruana.
Por Giuliana Vidarte

En Lo que vive en esta selva, los paisajes amazónicos asumen la apariencia de cuerpos humanos heridos por elementos que evocan la transgresión y destrucción de estos entornos antes idealizados. En las pinturas e instalaciones de Luna Dannon (Lima, 1996), el territorio y sus componentes —como ríos, plantas y árboles— toman la forma de cuerpos violentados y marcados por las experiencias de dolor. Por otro lado, en sus grabados y esculturas, los personajes mitológicos representan una violencia normalizada. En estas obras se altera la experiencia con un ambiente que acecha y agrede. La mirada contemplativa sobre el paisaje se transforma para superar la fascinación frente a la vastedad y exuberancia del bosque y revelarlo humanizado. Brazos, piernas y vulvas brotan de los troncos y ramas, construyendo un ecosistema que es testigo y, además, encarna las graves situaciones de violencia de género que afectan a estas comunidades amazónicas.
El conjunto de obras que es parte de esta exposición, desde intervenciones en el imaginario propio del paisaje y la mitología amazónica, propone reflexiones sobre los contextos de violencia psicológica, física y sexual experimentados por las mujeres en la región. La labor de Luna como psicóloga clínica, para el desarrollo de una investigación sobre la salud mental en la Amazonía, fue el punto de partida de esta propuesta expositiva. En 2021, participó del Programa Médico Esperanza Amazónica (PMEAP) dentro del proyecto Alianza por la Amazonia frente al COVID-19. De este modo, llevó a cabo un recorrido para brindar servicios de atención psicológica a veintisiete comunidades a lo largo del Bajo Ucayali, dieciséis de ellas autoidentificadas como parte del pueblo Kukama-Kukamiria y once como centros poblados o aldeas.

A lo largo de este viaje, pudo reconocer las constantes situaciones de violencia vividas por las mujeres de estas comunidades. Durante estos procesos de acompañamiento psicológico, el dibujo se convirtió en el medio para asimilar y sobrevivir su labor en un contexto tan desafiante. Años más tarde, y con la intención de crear una serie de trabajos para compartir esta experiencia y visibilizar los abusos que conoció a través de los testimonios de este grupo de mujeres, continuó su formación en el taller de grabado La Madriguera en Barcelona. La creación de estos grabados, en punta seca sobre metacrilato, así como en aguafuerte y aguatinta, implicó un reto tanto técnico como físico. Las largas jornadas de trabajo y las incisiones sobre la matriz transmiten la angustia contenida en las imágenes que recrea en este conjunto de obras. Se trata de representaciones que tuvieron un origen en los testimonios, pero que son expresadas en visiones que enfatizan la convivencia entre una naturaleza fértil y vital, pero también amenazante y agresiva, que es el escenario para las acciones de violencia normalizadas.

En Veneno para los dolores del alma (2023), las líneas grabadas construyen los patrones de la piel, la madera y las nubes en el cielo. Cortes marcados sobre la superficie sugieren el volumen y el movimiento, pero también definen una atmósfera sombría sobre la que el personaje femenino central, con un rostro impasible, dirige su mirada al vacío. Una botella de plástico que, inicialmente se podría confundir con una bebida cualquiera, es recipiente para el veneno. Detrás de ella, un personaje demoníaco, mitad humano y mitad animal, despliega su lengua y sus brazos. Se trata de un cuerpo, siempre vigilante, que concentra esa posible agresión. Las nubes, tan destacadas dentro de las creaciones paisajísticas amazónicas para transmitir calidez y luminosidad, se oscurecen y acompañan la presencia de la violencia que acecha. Finalmente, una herida supura en el pecho del personaje femenino, una marca que alude a la agresión latente y a las heridas abiertas de los abusos sistemáticos.
Ahora, en El que no sabe de amores, llorona, no sabe lo que es martirio (2023), un ser felino y serpiente a la vez, fusión de dos de los depredadores del bosque amazónico, sostiene cautiva a la figura femenina central y amenaza con atacarla a zarpazos. Las incisiones más profundas destacan al agresor, resaltando su silueta en la escena. El cuerpo femenino sobre la tierra funde su cabello con las formas de los arbustos, y el vello púbico toma más bien la apariencia de pequeñas hojas, un follaje planta y humano. Las heridas sobre su pecho son también vulvas que supuran fluidos, como las lágrimas que le brotan en el rostro. Así, en esta serie de grabados destacan las presencias de personajes míticos, reinvenciones de seres, que amenazan a los sujetos femeninos, quienes transmiten sus expresiones de angustia y dolor, y cargan con las marcas en sus cuerpos de estas violencias.

En las pinturas, que son parte de la exposición, los personajes humanos y míticos desaparecen para que las composiciones se enfoquen en los encuentros entre los diferentes seres que habitan, ahora, las formas de la propia naturaleza. En Madre tierra ultrajada (2023) se presenta una vista del río desde la orilla, una forma de composición bastante tradicional para la pintura amazónica. Árboles, flores y arbustos enmarcan la mirada, determinando los límites de la escena. Los movimientos de las corrientes del río son enfatizados por la progresión de trazos orgánicos de colores intensos, los mismos que están presentes en las hojas y flores de la ribera. Los tonos desde la orilla se diluyen siguiendo el ritmo de las aguas. Una mirada atenta permite reconocer ciertos detalles que transforman la primera fascinación por el color y la belleza del paisaje. Aparecen raíces y troncos cortados; luego, un cuchillo atraviesa el tronco, creando una herida que es, a su vez, una vulva que sangra. Otras vulvas surgen sobre la vegetación, sus formas son muy similares a las de las propias hojas. El tronco del árbol que es protagónico en la pintura es, finalmente, un cuerpo femenino enterrado, atravesado por el cuchillo poblado de flores y vegetación.

En otras de las pinturas de esta serie se mantiene esta representación del paisaje como un cuerpo vivo, que nutre pero también agrede, y como el lugar desde donde germinan todos los abusos. En Venganza y brujería en la comunidad (2024), las sombras del bosque cubren el tronco de un árbol y oscurecen la atmósfera. Los frutos de este árbol fecundo están heridos y sangran. Se trata entonces de crear la imagen de un bosque fértil, pero cuyos frutos encarnan violencias. Asimismo, en Dios no estaba arriba, sino abajo, entre los árboles (2024), Luna propone una imagen contraria a la pintura anterior con un tronco de árbol sin ninguna vegetación. Los nudos en este caso tienen la forma de pechos femeninos en un cuerpo estéril. Finalmente, en la obra Lo que vive en esta selva (2024), que da título a la muestra, un grupo de brazos se despliega como ramas. El tronco que las sostiene tiene una amplia cavidad oscura: el vacío de un cuerpo muerto y transgredido.
Asimismo, las esculturas en Lo que vive en esta selva representan seres mitológicos o personajes en metamorfosis. En estas piezas, los cuerpos humanos también se fusionan con los de los animales y seres míticos. De este modo, yacurunas y bufeos tienen rostros o piernas humanas y cabello rubio. Las obras creadas por Luna nos muestran a estas figuras con una apariencia brillante y colorida que inicialmente encandila. El glitter sobre su piel o sus labios destaca las superficies y enfatiza la invención. Luego de esta primera impresión, como ocurría con las pinturas, se hacen evidentes las señales que remiten a los posibles abusos. En este caso, por ejemplo, las formas sobredimensionadas de los penes que condensan una violencia sexual subyacente.

En resumen, el territorio es testigo de la violencia de género y, a su vez, cuerpo acechado por los abusos en las obras de Luna Dannon. Los horizontes ensombrecidos intuyen, y los troncos y ramas de los árboles son cuerpos femeninos que sufren estas agresiones. Los seres míticos son así agresores enraizados en el bosque. De este modo, su propuesta artística interviene en la tradición pictórica del paisaje amazónico y convierte este contexto en un entorno encarnado y perturbado. A través de la intervención en las imágenes de la geografía y del discurso mitológico regional, se plantea contribuir en la generación de espacios para visibilizar y enfrentar estas problemáticas de violencia y abuso.
Lo que vive en esta selva
Luna Dannon
Museo del Grabado ICPNA
ICPNA La Molina
Dirección: Av. Javier Prado Este 4625, Lima 15023
Cierra a las 7 p.m.
Nota: Este texto forma parte del libro homónimo de la muestra, resultado de una investigación pionera sobre salud mental en comunidades ribereñas del Bajo Ucayali. Su publicación está prevista para el cierre de la exposición, el 16 de agosto.





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