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Sutil violento

  • Foto del escritor: Carlo Trivelli
    Carlo Trivelli
  • hace 18 horas
  • 3 Min. de lectura

Roberto Huarcaya reúne imágenes de 35 años que, entre violencia, muerte y símbolos oscuros, exponen la pulsión de destrucción y repetición. Su obra nos tiende una trampa: sus demonios se revelan como los nuestros. Se presenta en Monumental Callao en El Ojo que Capta, en el marco de MAC Foto.


Escribe Carlo Trivelli


Larco Herrera Buses, Roberto Huarcaya
Larco Herrera Buses, Roberto Huarcaya

Fetos en formol, manchas de sangre en la pared, cadáveres en la morgue, autos detrozados por accidentes de tránsito, instituciones tutelares, campos de batalla, marchas y procesiones, murciélagos e insectos, locura, fantasmas que aparecen y reaparecen en las sesiones de psicoanálisis, objetos usados en brujería y una plétora de armas… Roberto Huarcaya pasa revista a 35 años de trabajo y selecciona imágenes que dispone como fragmentos de un espejo roto cuya ominosa imagen de conjunto no logra —o no se atreve— a reconstruir por completo.


continuum, feto n°3, Roberto Huarcaya
continuum, feto n°3, Roberto Huarcaya

Freud describió la pulsión de muerte como un aspecto inherente a toda forma de vida, el impulso primario hacia la disolución, el retorno a lo inorgánico. Pero no es solo el deseo de desaparición: es también la agresión, la repetición de lo traumático, la fascinación por la destrucción. Psicólogo de formación, Roberto Huarcaya nos recuerda que la violencia no es ajena ni excepcional. Por eso aquí no la presenta como un hecho aislado, sino como clima persistente: está en el inconsciente, en las agresiones mínimas, en los actos que llevan a tragedias irreversibles, en los símbolos oscuros, en la guerra —ciertamente—pero también en la vida de las instituciones, en la historia misma de la nación.


Desarticuladas deliberadamente de las series a las que pertenecen originalmente, estas imágenes funcionan como radicales libres —productos tóxicos del propio metabolismo— y configuran una corriente de sentido profunda y subterránea que bulle como la pulsión tanática que recorre la obra de Huarcaya.


Pero no estamos ante un mero muestrario pulsional. Huarcaya entiende que la psique individual y el cuerpo social comparten mecanismos, que la cultura se construye sobre lo que aprendemos a reprimir y que el arte puede constituirse en mecanismo de sublimación. Sabe, entonces, que lo que ha ido construyendo como su obra a lo largo de más de tres décadas no ha sido ajeno a aquello de que lo reprimido no desaparece, sino que vuelve disfrazado. O quizá lo que sabe es que su el gesto aquí reiterado está emparentado con la compulsión a la repetición: el volver una y otra vez al trauma, como quien camina al borde del abismo, para observarlo —ahí afuera o dentro de uno mismo— y tratar de expiarlo. Y también sabe —aunque lo muestra menos— que la violencia puede ser el precio de la independencia o parecerse terriblemente al deseo.


El último viaje, auto n°7, Roberto Huarcaya
El último viaje, auto n°7, Roberto Huarcaya

Bien vistas las cosas, lo que Huarcaya hace es tendernos una trampa: lo que en principio parece un aquelarre personal, un pandemonio propio, se proyecta sin pedir permiso hacia el nosotros y lo tiñe tanto que terminamos adoptando sus demonios como nuestros o concediendo que sí, pues, son los mismos que nos acechan a todos. Si tiemblas ante los rezos multitudinarios o el redoble militar de las botas, si te subleva el papel actual de las instituciones tutelares, si alguna vez pisaste demasiado el acelerador tentando la suerte, si pensaste en cómo sería empuñar un arma, perdiste la razón momentáneamente o aplastaste un zancudo y te quedaste mirando la manchita de tu sangre en la pared, caíste en la trampa, porque es de ti de quien estas imágenes están hablando.

 




El ojo que capta: Sutil violento

Mac Foto sede Callao

Sala 113 de Casa Fugaz: Constitución 250, Callao

Martes a domingo de 11 am a 6 pm

Cierre: 10 de noviembre 2025

 
 
 
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