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  • Foto del escritorRamiro Llona

De la melancolía a la luminosidad


El primer impacto frente una obra de arte es una ola de asombro. Un mar de sensaciones. La epifanía de lo sublime. De eso trata esta nueva columna de Ramiro Llona, contemplando a Vermeer y Tiziano, escuchando a Brahms y Beethoven. 

 



“Muchacha leyendo una carta” (1657-1659) pintura de Vermeer antes y después de la reciente restauración y limpieza.

 

Después de ver “Muchacha leyendo una carta” (1657-1659), la pintura de Vermeer antes y después de su reciente restauración y limpieza, se dieron cuenta de que había una intervención posterior en la pintura hecho por otro pintor, posiblemente décadas después, para satisfacer los gustos de la época. A mi entender no solo cambia la pintura sino también la narrativa acerca de la calma, serenidad y quietud, que se hacía del cuadro. Al limpiar las capas de barniz, que se amarillean y oscurecen con el tiempo, la atmósfera de la habitación se transforma, se hace menos melancólica y misteriosa. La pintura, después de la limpieza, exigirá una nueva mirada y probablemente una nueva discusión. La narrativa será otra y se hablará de otro contenido. Como lo fue en su momento la limpieza de La Capilla Sixtina de Miguel Ángel.

 

***

 

A finales de los 70’s, en mi primer viaje a Europa, uno de los motivos centrales del periplo era visitar en Venecia una pintura de Tiziano, “La asunción de la virgen”. Durante años la había admirado en reproducciones. El claroscuro profundo de la pintura dividido por una franja de luz entre lo terreno y lo celestial. Un brazo extendido, gesto desesperado de uno de los personajes tratando de hacer la conexión entre cielo y tierra, le daba a la pintura un dramatismo que fue inspiración y alimento de mis épocas de estudiante e informó mi trabajo de diferentes maneras.

 



Salí de Lima en Octubre y unos meses más tarde, después de varias paradas, estaba frente a la Basílica de Santa María Gloriosa dei Frari en Venecia emocionado de estar a punto de  encontrarme con una pintura que había contribuido a mi lenguaje y era central en mi vocación. Fue mi primer viaje a Venecia, ciudad a la que volvería muchas veces.

 



El ingreso principal a la basílica estaba cerrado. Algo desesperado di la vuelta buscando otra entrada, sin tener éxito. Al regresar desilusionado a la plaza por donde se entra a la basílica encontré a un cura que salía por la puerta principal.

Lo abordé ansioso y le pregunté si podía entrar. Me dijo de manera rotunda que era imposible. Acababan de restaurar el Tiziano y aún no estaba la iglesia abierta al público.

 

Haciendo el cuento corto, le eché encima al padrecito toda mi historia, mis inicios en la facultad de Arquitectura, mis años en la Escuela de artes plásticas, mi maestría interrumpida en el Pratt Institute de New York, el peregrinaje que estaba haciendo para ver el Tiziano, venía de un país lejano y exótico y otras cosas más.  Todo esto tratando de ser convincente en un italiano muy malo. No se finalmente que fue lo que ablandó la inicial resistencia del prelado, pero en un acto de bondad y misericordia me dijo que podía pasar, solo por 15 minutos.

 

He vuelto varias veces a visitar el Tiziano, pero nunca he logrado reproducir la inmensa emoción de esa primera vez.

En la enorme basílica, solo y en penumbras, caminé hacia el altar donde iluminada colgaba la pintura de casi 7 metros de alto, majestuosa. No solo fue la exaltación de finalmente estar frente a una imagen que me había acompañado tanto en los años de estudiante. Había algo más, algo que cambió mi relación con el color y la luz, con el espacio y la bidimensionalidad del lienzo y modificaría mi pintura.



Detalle de la Capilla Sixtina. Antes y después de la limpieza.

 

Después de la limpieza y restauración, el Tiziano era solo luz y color. La remoción de siglos de barniz había casi desaparecido el claroscuro y el drama era otro, diferente. Me paré al frente y levanté la vista hacia lo alto donde rojos y azules intensos en una composición ascendente me hicieron prácticamente levitar.

 

***

 

Alguna vez leí en una biografía, creo que de Bertrand Russell, donde el personaje cuenta que había tratado por años —de manera infructuosa— volver a experimentar lo que le sucedió la primera vez que escuchó a Brahms. Fue tal la impresión ante ese nuevo universo sonoro que lo modificó para siempre. Ese lugar ya no existe, solo se puede visitar en la memoria.

 



El arte de los grandes tiene esa capacidad de hacernos sentir que la vida es siempre más.  Recogemos de la obra lo que somos capaces de poner en ella. Es por eso que hay personas que frente a una obra de arte experimentan sensaciones inéditas y otras pasan de largo.

 

Uno de mis maestros citaba siempre a Malraux, en Las voces del silencio decía que después de que Beethoven compuso la Novena Sinfonía, el hombre era otro. Mejor, suponemos.

 

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