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El malestar de la cultura

  • Foto del escritor: Leyla Aboudayeh
    Leyla Aboudayeh
  • 16 jul
  • 5 Min. de lectura

En Bastan dos espejos enfrentados para crear un laberinto, el artista guatemalteco Darío Escobar presenta en Livia Benavides Galería una serie de obras donde el barroco, la violencia y el desecho dialogan a través de la metáfora y la transformación crítica del objeto.


Por Leyla Aboudayeh

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Javier Payeras menciona que tu obra se origina en una metáfora pensada antes que en un boceto. ¿Cómo se manifiesta ese "pensamiento expandido" en tu forma de crear?


El pensamiento expandido es una forma amplia de pensar y desarrollar ideas. Intuyo que Payeras lo menciona como una operación intelectual que acerca el pensamiento, como conciencia reflexiva, hacia la práctica, la teoría y la intuición. Eso que se reduce a la idea de pensamiento creativo. La creación artística es algo más complejo que un mero ejercicio espontáneo o improvisado.


Como antecedente, te puedo decir que mi práctica se puede entender desde dos puntos claros de articulación: la primera parte inicia dentro del sistema de los objetos y su cadena de interacción con el ser humano: adquisición y desecho. Por otro lado, está la que se inserta conceptualmente en ese sistema que Jean Baudrillard denominaba “valor de cambio”.


Mi trabajo como artista inicia justo en la anulación de los límites entre lo popular y la alta cultura. Esos son los temas que me interesaron desde el inicio de mi carrera. ¿Quién dibuja los límites? Naturalmente, las artes visuales son el territorio que utilizo para expresarme críticamente.

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¿Cómo eliges el objeto o la imagen que va a ser intervenida?


La elección de las imágenes y los objetos con que trabajo es muy sencilla, porque llegan a mí a través de una observación racional. Yo elijo los elementos con los que quiero trabajar. Propongo nuevos valores simbólicos y semióticos desde mi práctica. Insisto en resaltar que la reflexión y la construcción de la obra están dentro de la misma operación.


Elijo mostrar lo que se desecha. Cada vez me interesa más esa segunda lectura de las cosas y las cargas que adquieren culturalmente a través de la velocidad del pensamiento, que hoy en día postula la misma actitud de consumir, tirar y olvidar. Tanto en los objetos como en las ideas. Tanto en la cultura del desecho como en la obsolescencia programada de las ideologías.


Tu trabajo desde los noventa, como la pieza del vaso de McDonald’s laminado en oro, pone en tensión la herencia del barroco y la cultura pop. ¿Qué ha cambiado en tu relación con esos referentes después de más de dos décadas?


Los referentes siguen intactos porque siguen diciéndome cosas y ampliando mis posibilidades discursivas. No me interesa adaptarme a puntos de vista transitorios ni a ideas que me puedan encasillar en construcciones que no se adecuan a mi manera de pensar y de ser.


Mi trabajo es una mirada crítica a estos mecanismos de homogeneización y masificación del pensamiento. Abogo por una mirada que permita entender las dimensiones de mi contexto, para no simplificar nuestras densidades culturales. Podría decirte que quizá con los años me interesa más intensificar las tensiones entre estética y ética, entre originalidad y reproductibilidad. Nada es realmente nuevo. Al final siempre van a existir Otelos, Yagos y Desdémonas: solo cambian las épocas, los contextos y los nombres.

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¿Cómo crees que este metal funciona hoy en día en las transacciones económicas, culturales y sociales? ¿Cómo se calcula la riqueza de los países y cómo se solventan sus reservas?


Prefiero hablar de cómo la violencia puede convivir con la poética en mi trabajo, al igual que convive un retablo barroco con pinturas de mártires desangrándose, o como en una de las muchas litografías de Andy Warhol se representa la muerte en el objeto —aquella serie que hizo con imágenes de accidentes o de sillas eléctricas, por citarte algunos ejemplos que me vienen de inmediato.


Pienso que la violencia no es propiedad de nuestra época. Es algo que ha acompañado al ser humano desde siempre. Lo interesante es ver cómo se incorpora en la civilización de hoy a través de muchos conceptos: la religión, lo heroico, la idea de éxito o la misma construcción de nuestras sociedades.

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¿Cuál crees que es el rol del arte frente a las narrativas de violencia hoy?


No estoy interesado en ilustrar la realidad. Me interesa trabajar más en una práctica artística donde entren en disposición operaciones más complejas y profundas.


Pienso, por ejemplo, en Antonin Artaud y su rechazo crítico ante el teatro occidental que busca representar fielmente la realidad, y cómo esta se desfigura hasta convertirse en una caricatura de sí misma en su afán de ser próxima. Afortunadamente, el territorio del arte nos da la posibilidad de dirigir la mirada hacia puntos que desde otro lugar jamás hubiéramos visto.


Ninguna obra va a cambiar la realidad ni a hacer del mundo un lugar mejor, pero sí puede ayudar a cambiar nuestra percepción de las cosas. Estoy interesado, al igual que Artaud, en un tipo de arte donde la sugestión sirve para evocar emociones intensas, como en el teatro Noh, donde un trozo de seda azul agitándose en el escenario nos transporta al mar y a las sensaciones más profundas de la imagen.


Creo que el arte puede dirigir su mirada a la profundidad, no quedarse en la superficie ni en el circo. En ese sentido, me interesa más una complicidad de sensibilidades.


¿Cómo dialoga tu obra actual, marcada por la metáfora de la violencia y el uso del oro, con el contexto sociopolítico y simbólico del Perú de hoy?


Nuestro continente comparte más que un mismo territorio y una historia común. Comparte muchas estructuras profundas, muchos miedos, muchas contradicciones. Y, seguramente, compartimos también un futuro en común… de eso no me queda la menor duda.


Dado que el barroco virreinal fue uno de los puntos de partida en tu investigación artística, ¿encuentras algún eco particular al presentar estas obras en Lima, una ciudad históricamente marcada por ese legado?


¡Absolutamente! En este viaje a Lima fuimos con mi amigo Patrick Hamilton al Centro Histórico a ver arte barroco. Visitamos la Catedral, varias iglesias y museos especializados en el tema. Ante la fuerza del arte novohispano que formó nuestras naciones, traté de entender el desasosiego que existe hoy en día frente a nuestro pasado virreinal. Traté de explicárselo a Patrick con una sencilla metáfora: le decía que la falta de autoconocimiento nos hace parecernos a un perro que da vueltas en círculos, vigorosamente, tratando de morderse la cola que no reconoce como propia.


La muestra estará abierta al público hasta el sábado 2 de agosto, de martes a sábado en horario de 11:00 a.m. a 7:00 p.m.  

Galeria Livia Benavides

Malecón Pazos 252

Barranco — Lima, Perú


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