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Los emblemas en disputa: Coco Bedoya y la libertad de imaginar la patria

  • Foto del escritor: Leyla Aboudayeh
    Leyla Aboudayeh
  • 30 jul
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 31 jul

En tiempos donde los símbolos patrios se tornan campos de disputa, volver a la serie Emblemas de Coco Bedoya es urgente. Su gesto irreverente nos recuerda que la nación no se hereda: se imagina, se interpela y se vuelve a dibujar.


Por Leyla Aboudayeh


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“Lo que hice fue una reflexión crítica sobre el Perú, no una agresión a los símbolos patrios. Emblemas es un retrato del país.”
— Fernando “Coco” Bedoya

En un país donde la bandera se convierte en consigna y el escudo en territorio vigilado, volver a la serie Emblemas de Coco Bedoya es un acto necesario. No solo porque estas obras —realizadas en 1979, al final de la dictadura militar— interpelan la iconografía nacional desde el arte, sino porque su potencia crítica parece más vigente que nunca. A propósito de la reciente publicación de su libro, conversamos con el artista sobre el origen de estas imágenes y el debate actual sobre los símbolos patrios.


“Yo tenía 27 años, había vivido en Tacna, había visto de cerca esa cosa patriótica como una carga simbólica muy fuerte”, recuerda. Era el año del centenario de la guerra con Chile y Bedoya —recién regresado de Argentina, donde había conocido las vanguardias del Instituto Di Tella— decidió retratar al Perú desde sus emblemas. Pero no con solemnidad, sino con desobediencia. Con dibujos a dos manos, con garabatos, con escudos deformes, con fósforos donde antes había llamas.


“Fue un ejercicio plástico, pictórico, conceptual si quieres, pero también una provocación consciente, como si un niño de cinco años se apropiara del escudo”, dice. Y en efecto, eso hizo. Tomó el escudo nacional —el camélido, la cornucopia, el árbol de la quina— y lo volvió campo de juego, de batalla, de deseo. No para burlarse, sino para abrirlo. Para preguntarse, con humor y rabia: ¿Quién decide qué nos representa?



“Los símbolos son cosas vivas”, insiste Bedoya. Pero en el Perú, esa vitalidad parece hoy bajo amenaza. En medio de un proceso legislativo que busca “armonizar” el uso de los emblemas nacionales, reaparece una pretensión conservadora de sacralizarlos, de fijarlos como intocables. Y eso, para un artista como Coco, es profundamente peligroso.


“El combate también es simbólico. Hay una lucha por los significados. Y si no defendemos la libertad de apropiarnos de estos signos, vamos directo a una cacería de brujas”, advierte. Para él, el arte tiene la función —irrenunciable— de desarmar lo que parece natural. De mirar distinto. “Desde que me censuraron en el examen de ingreso a Bellas Artes entendí que mi trabajo era ese: mirar desde otro lugar.”


Y así lo hizo. En Emblemas, las hojas de laurel se convierten en hojas de afeitar. La cornucopia, en un cajón que guarda sorpresas. El escudo se tiñe de rojo como si sangrara. “Yo no hice una lectura académica. Lo que hice fue llevar al límite el juego simbólico. A veces con ternura, a veces con rabia”, afirma.


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La historia personal de Bedoya —cadete de la Marina, migrante entre Tacna, Cusco, Buenos Aires y Lima— está marcada por desplazamientos, censuras y memorias que se cuelan en su trazo. “Viví en ciudades en estado de guerra fantasmal. Cambié de colegio cada año. En Tacna vi restos de la guerra en el desierto. Todo eso está en Emblemas”, confiesa. Por eso su trabajo no busca representar un escudo ideal, sino un cuerpo social desmembrado, herido, inestable.


Natalia Majluf, en su ensayo incluido en el libro Bicentenario 1979, lo resume así: “Los dibujos capturan un intento reiterado, casi obsesivo, por desarmar las imágenes oficiales de la nación. Bedoya no rediseña

los símbolos. Los resiste, los subvierte, los convierte en seres vivos que se mueven libremente en el espacio.”


En ese gesto también hay pedagogía. Una que interrumpe la lección, la desaprende y deconstruye. “Para mí, el escudo era un bodegón con paisaje incluido”, dice Coco. Y agrega con humor: “Hasta tenía sinestesia con los colores. El verde limón me producía temblores. El violeta era casi religioso”.



En su mirada no hay nostalgia por una patria perdida. Hay, más bien, una apuesta por imaginar otras. Por eso lanza una idea que podría ser también una propuesta curatorial: “¿Y si hiciéramos un concurso para que todos inventen un nuevo emblema patrio? Tal vez el ceviche reemplazaría al árbol de la quina. Tal vez la gente pondría a su abuela en el escudo. ¿Quién sabe?”.


Esa pregunta, lejos de ser banal, es radical. Porque en un país como el Perú, donde la imagen de la nación ha sido usada para justificar abusos, exclusiones y violencias, preguntarse qué nos representa es un acto político.


“Yo no sé si el Perú ha cambiado tanto desde entonces”, confiesa Bedoya. “Lo que sí me doy cuenta es que hasta hace un mes ha habido una nueva reglamentación, una ley para el uso de nuestros símbolos patrios. Y eso ya me parece peligroso. Hay una pretensión de ciertos grupos de ejercer censura sobre algo que es, en realidad, un cuerpo vivo.”


El artista recuerda que fue Jorge Villacorta quien le ayudó a ver —a la distancia— un componente que en ese entonces no tenía claro: “ese aspecto extractivista que ya tenía el Perú, pero que no era tan visible”. Hoy, el oro, el gas, los minerales siguen siendo los verdaderos símbolos del país, aunque no estén en el escudo. “Por eso me parece importante mirar críticamente lo que se nos presenta como patrimonio. ¿A quién le sirve? ¿A quién representa?”



En su serie, la cornucopia ya no es abundancia: es un cajón ambiguo, un baúl de promesas rotas. Las hojas de laurel se transforman en hojas de afeitar; los camélidos se desdibujan, se invierten, sangran. “Me interesaba mostrar lo patas arriba que estaba el país —dice—. Con acidez, ironía y humor, lo que hice fue tocar lo que todos veíamos.”


Natalia Majluf, en su ensayo para Bicentenario 1979, complementa esa lectura: “En los meses en que Bedoya inicia esta exploración de los emblemas nacionales coinciden dos procesos complejamente imbricados: la expansión de un nacionalismo cerrado, surgido de la retórica militar, y una nueva irrupción de la política como horizonte de transformación social”. Ese nacionalismo —agrega— “convierte a la nación en el objeto central del discurso público”, pero no desde la ciudadanía, sino desde una lógica estatal que promueve el sacrificio en nombre de símbolos inmutables.


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Bedoya, en cambio, propone lo contrario: devolver los símbolos al cuerpo social. “Hay que apropiárselos, intervenirlos, trabajarlos desde la experiencia. Eso es lo sano. Que la gente los vuelva suyos.” Y si hoy sus dibujos pueden parecer postales de otro tiempo, lo cierto es que siguen interpelando una heráldica aún viva, aún herida, aún en disputa.

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