Reescribir la forma en que habitamos la memoria
- Leyla Aboudayeh

- 14 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Fabiola Gonzáles gana el Pasaporte para una artista 2025 con una obra que convierte lo íntimo en espacio común.
Por Leyla Aboudayeh

"Escribir todo de nuevo" es el título de su instalación más reciente y una declaración de principios. Para Fabiola Gonzáles (Lima, 1995), crear es volver a mirar los gestos íntimos, los objetos blandos, las atmósferas que nos constituyen. Su obra es un tejido donde conviven la nostalgia, el archivo doméstico y el deseo de reescribir las formas en que habitamos la memoria. Tras haber sido seleccionada ganadora del Pasaporte para una artista 2025, su práctica se proyecta con fuerza hacia nuevos territorios sin perder ese anclaje afectivo que la define.

Fabiola es pintora, artista instalativa, gestora cultural y una observadora meticulosa del archivo emocional. Su formación en la Facultad de Arte y Diseño de la PUCP se complementó con estudios en ilustración editorial y dirección de arte. Desde sus primeras exposiciones individuales —como Nadie me enseñó a decir no, ahora canto todos los días o GOMENASAI— hasta su más reciente muestra Zona de promesas (curada por Max Hernández Calvo en el Museo Metropolitano de Lima), su trabajo ha explorado los vínculos entre lo íntimo y lo colectivo, lo femenino y lo festivo, lo sensible y lo político.
En sus propias palabras, su práctica nace de una preocupación afectiva: “crear una teatralidad, envolverla en la materialidad correcta y conectar con el espectador”. En Zona de promesas, por ejemplo, partió de fotografías de celebraciones infantiles para construir escenas donde lo familiar se vuelve extraño, y donde los colores —verdes, turquesas, violetas— funcionan como portales a una infancia reinventada. El texto curatorial de Hernández señala cómo en estas obras "los personajes pueden fusionarse entre ellos o fundirse con su entorno", generando imágenes que oscilan entre el recuerdo y la alucinación.

Esa misma lógica atraviesa Escribir todo de nuevo, el proyecto con el que obtuvo el Pasaporte para una artista. Se trata de una instalación inmersiva que propone reconstruir un hogar desde la fragilidad, el deseo de comunidad y los rastros del afecto. Utilizando sábanas, manteles, cortinas y otros textiles recuperados —todos cargados de memoria—, Fabiola recubre por completo una sala de estar. La propuesta no busca restaurar una idea nostálgica del hogar, sino “ensayar su reconfiguración desde la vulnerabilidad y el deseo de compartir”. El visitante puede tocar, sentarse, explorar los pliegues, las texturas, las ausencias. Se trata de un archivo vivo, donde lo doméstico se transforma en metáfora y lo blando en resistencia.
Ganadora del primer premio a la crítica en la PUCP y finalista del Premio ICPNA Arte Contemporáneo, Fabiola ha logrado articular una trayectoria consistente, profundamente conectada con la experiencia sensorial. Ha expuesto en Lima, Buenos Aires, Madrid, París y Zúrich, y ha realizado residencias en Argentina, Italia y Perú. A la vez, mantiene un compromiso sostenido con la gestión cultural, como fundadora del espacio Sótano 1 y parte del equipo de Wu Galería.

Hay en su trabajo una voluntad de cuidado, de reparar con la imagen lo que el tiempo fragmenta. Sus títulos acompañan ese gesto: Girando siempre en un mismo lugar, Antes que se acabe el café amarillo, Estoy demasiado segura que es un no. Detrás de cada obra hay una historia, una textura, una forma de mirar lo cotidiano como un territorio cargado de símbolos.

Fabiola recuerda cómo desde niña escribía canciones en un cuaderno celeste, y cómo el arte apareció como una manera de habitar su soledad. “Para mí, ser artista nunca estuvo en los planes, hasta que un día visité la facultad de arte de la Católica y vi a unas chicas pintando descalzas, con los jeans rotos y llenos de pintura. Me enamoré de esa libertad”.
Hoy, esa libertad la ha llevado lejos a la vez que la ha enraizado con más fuerza en su práctica. Con el Pasaporte para una artista, Fabiola se prepara para abrir nuevas rutas de creación, sin dejar de preguntarse cómo habitamos lo que no nos pertenece, cómo tejemos comunidad desde los retazos, cómo —una y otra vez— podemos escribirlo todo de nuevo.




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