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  • Foto del escritorCaterina Vella

Rosamar Corcuera | Bajo el sol de Chaclacayo


La artista nos recibe en su casa taller ubicada en el soleado distrito limeño, donde creció con sus padres y tres hermanos, en un universo cargado de poesía que la inspira hasta hoy a crear seres mitológicos que brotan de su prodigiosa imaginación.

Escribe: Caterina Vella.



De niña, Rosamar Corcuera se la pasaba dibujando y ni cuenta se daba. Vivía en Chaclacayo con su papá, el poeta Arturo Corcuera; su mamá, la española Rosa Andrino y sus tres hermanos --Javier, Nadiana y Anita-- en una casa de 1,250 metros con un enorme jardín en el que su madre sembrada flores de colores. “En esa casa sucedía algo mágico. Siempre llegaban animales. Por los muros, la puerta, el cerro, por donde sea llegaban. Tuvimos dos pavos reales, un mono, tortugas y hasta una oveja. Nos gustaban, les dábamos de comer y se quedaban”, recuerda mientras conversamos en la sala de su casa taller de Chaclacayo, distrito en el que continúa viviendo pues le da tranquilidad. De hecho, me recibe con la puerta abierta y música de Caetano Veloso.


Conversamos al lado de la chimenea decorada con mosaicos de cerámica hechos por ella. En toda su casa hay obras suyas de diferentes etapas de su vida. Sirenas de mirada misteriosa estilo mascarones de proa, pacíficas wawas sonriendo desde dentro, mamachas que representan a la Madre Tierra, vírgenes de mirada lánguida, extraños pájaros, míticas tortugas. Todos seres fantásticos que nacen de su prodigiosa imaginación y moldea directo en barro sin haberlos boceteado antes.


Fotos: Pinterest

En las paredes están colgadas sus primeras obras, una especie de máscaras en formato de cuadro. Rosamar estudió pintura en la Universidad Católica, así que empezó pintando. “Tímidamente entré a la cerámica. Siempre le echaba el ojo. Hice cursos libres en la universidad. Decía algún día voy a tener tiempo para hacer esto. Hasta que pude. Seguí en la pintura, pero con cerámica. Me escondí en esos cuadros. Después empecé a darles un poco más de volumen”, cuenta sobre su evolución de lo plano a lo tridimensional.


Mientras recorremos su casa me va mostrando los objetos de uso personal que se hizo con arcilla, fuego y detalles de madera al mudarse de la casa de sus padres. Un largo espejo con elaborado marco, una mesa esquinera, la cabecera de su cama, una puerta misteriosa, incluso el amplio baúl donde hasta ahora guarda su ropa. Rosamar habla con voz suave, trasmite paz. Vivir entre pájaros y árboles con sol todo el año es parte de su esencia, de su manera de ser dulce, pausada, discreta. Su obra, en cambio, está cargada de mensajes, tiene un lenguaje propio, habla por ella. “Exacto, por eso es que los artistas elegimos lo que elegimos. Justamente no queremos hablar, queremos hacer con las manos”, afirma.


Seres de luz


Una escalera de madera entre plantas conduce al taller ubicado en el segundo piso. Es grande, luminoso, está rodeado de montañas y árboles. Por uno de sus amplios ventanales se ve la caída de agua de una represa, parece una catarata. Sobre mesas, repisas y hasta en el suelo están sus criaturas. Algunas en proceso, otras listas para partir a su tienda en la Bajada de Baños de Barranco. También hay cajas con obras embaladas de una reciente exposición en Cuba. Es impresionante la cantidad, detalles y virtuosísimo de los seres fantásticos creados por ella que habitan el espacio. “Empecé con mis figuras, con mis personajes y así fueron creciendo”, dice ante mí asombro.

¿Te vienen en sueños, cómo te los imaginas? “El mar me inspira mucho. Todos los veranos pasábamos tres meses en Punta Negra. No nos enjuagábamos nunca, los cuatro hermanos terminábamos negros con el pelo anaranjado. Las Wawas están inspiradas en las wawas de pan, tienen colitas de pez. A veces hago instrumentos. Este se lo hice a mi hijo Darío, que es bajista. Los personajes salen de mi mente. Son seres relacionados con la naturaleza; con las montañas y el mar”, dice de sus mamachas, sirenas, caracoles, floripondios, tortugas y colibríes con finos picos de madera que elabora reciclando viejos pinceles. También tiene extrañas combinaciones que demoran años en acoplarse. Se quedan “durmiendo” en el taller hasta que empalma sus partes, les hace algo nuevo y encajan perfecto, sorprendiéndola a ella misma. “Me piden existir”, dice.



Carpe diem


Hablamos de su padre, el poeta Arturo Corcuera, creador del fantástico libro Noé Delirante. Un poeta lúdico, con gran capacidad fabuladora, tierno y divertido. ¿Sientes que ha influido en tu obra?

“Sí, completamente. Él era como un niño, un niño grande que jugaba a hacer poesía. El arte es un poco así, jugar. Siempre tienes que jugar, divertirte. No tomártelo tan en serio, si no la vas a pasar mal. Toda esa fantasía nos la trasmitió. Crecer en Chaclacayo nos creó un universo de imaginación. Los diálogos eran juegos de palabras. El doble sentido de las cosas. Nos leía sus poemas, todo eso nos formó”.


Rosamar y sus hermanos vivían apartados en Santa Inés, el Chaclacayo profundo. Su universo era su casa a la que llegaban amigos poetas, pintores, grabadores, músicos, embajadores. Incluso artesanos de Ayacucho y otras provincias que se quedaban semanas viviendo con ellos en una adelantada residencia para artistas. Toda gente relacionada con el arte pues su padre, además de escribir, trabajaba en el Instituto Nacional de Cultura (INC). Viajaba a dictar conferencias y ofrecer lecturas a países de América Latina y Europa, de los que llegaba con curiosos objetos, pues tenía espíritu coleccionista. “Nos traía cosas de Bulgaria, Hungría, Rumanía, países socialistas donde había encuentros de poetas. Allí tuve mi primer contacto con la cerámica. ¿De dónde viene esto? También nacen mis ganas de viajar. Veía sus fotos de lugares como Samarcanda en Uzbekistán o vestido con una túnica montando un camello y pensaba algún día iré”.


Una de esas artistas, amiga de sus padres que frecuentaba la casa de Chaclacayo, era Tilsa Tsuchiya. Una navidad le regaló a Rosamar tres muñecas hechas por ella con caras de yeso pintadas a mano, cada una con vestidos, carteras, gorros y guantes confeccionados por la célebre pintora. “Nosotros no teníamos influencia americana, no teníamos barbies ni monopolio. Los juguetes eran nuestro jardín, los árboles, los frutos, los pájaros, el sol de todos los días, los animales que teníamos y las cosas que mi papá traía. Muchas de las piezas que hago tienen influencia búlgara o de sitios así. Ese era mi universo. Mi papá y mi mamá lo cuidaron”.


Una cabaña en el jardín


En una esquina del jardín hay una casita de madera que parece de muñecas. Es su espacio de dibujo. Tiene dos facetas que no quiere mezclar. Se escapa de la cerámica para hacer ilustraciones de libros de poesía, cuentos, discos o afiches en ese pequeño espacio resguardado por un molle protector de más de 100 años y una frondosa buganvilla repleta de flores. “Me gusta separar los dos universos. No me gusta mezclar el barro y el dibujo. Necesito olvidarme de la cerámica cuando dibujo. Por eso tengo dos talleres separados. Aparte que la arcilla es más tierra, todo se ensuciaría”.


En su pequeño refugio ha estado dedicada a hacer nuevas ilustraciones para una edición conmemorativa por los 60 años de Noé Delirante. La publicará Casa de las Américas y se presentará este 2024 en La Habana, Cuba. Noé Delirante, la obra principal de su padre, la ha acompañado toda su vida. “Cuando terminada un poema nos lo leía. Si alguien hablaba decía escuchen pues. Así nos leyó el Noé poema por poema durante años”, recuerda emocionada Rosamar, que debe su nombre a un juego de palabras. Rosa por su madre y mar por el amor que su padre poeta, nacido en el puerto de Salaverry, Trujillo, tenía por el mar. Un nombre que siente le marcó el destino como artista pues sus personajes son un canto a la tierra y el mar.



Exhibición permanente:

Pasaje La oroya 111, Bajada de Baños, Barranco.

(Previa cita)


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