top of page

Anatomía eléctrica del futuro

  • Foto del escritor: Czar Gutierrez
    Czar Gutierrez
  • hace 4 días
  • 14 min de lectura

Cristina Planas regresa al Perú desde Barcelona con una obra poderosa concebida entre circuitos, sensores, pantallas y memoria. Tierra prometida convierte el cuerpo infantil en territorio de disputa y al espectador en dato, mientras guerra, crisis climática y promesas globales configuran una inquietante anatomía electrónica del porvenir. Se exhibe en Socorro Polivalente de Barranco. Escribe: Czar Gutiérrez

Tierra prometida (2026)
Tierra prometida (2026)

Desde una práctica atravesada por la memoria de la violencia peruana, la censura, la religiosidad, la migración y las formas contemporáneas de devastación, la obra de Cristina Planas ha entendido la incomodidad como una tecnología crítica: un mecanismo destinado a interrumpir la anestesia perceptiva. En Tierra prometida esa tecnología se vuelve literalmente tecnológica. Un niño desnudo yace sobre un seno materno cableado mientras pantallas, sensores, datos climáticos, mapas de guerra y circuitos electrónicos construyen alrededor suyo una suerte de sistema nervioso planetario. 


Una matriz tupidamente cableada abriendo la gran herida contemporánea.
Una matriz tupidamente cableada abriendo la gran herida contemporánea.

El cuerpo queda inscrito en aquello que Michel Foucault habría reconocido como una mutación del panóptico, un régimen donde observar y ser observado forman parte de una misma operación de poder. Günther Anders resuena en la distancia creciente entre nuestra potencia técnica y nuestra capacidad moral para comprender sus consecuencias. Paul Virilio en la velocidad con que guerra, imagen y catástrofe convergen en un presente instantáneo. Donna Haraway aparece allí donde organismo y máquina pierden sus fronteras, aunque Planas convierte esa hibridación en una zona de vigilancia. Y Adorno vuelve como sombra sobre el viejo mito ilustrado del progreso, la razón que prometía emanciparnos descubre, entre cables y pantallas, su propia capacidad para producir nuevas formas de indefensión.

 

Desde Barcelona, donde profundiza sus estudios en circuitos integrados y arte digital, Cristina regresa al Perú con una obra que desplaza su interrogación hacia el porvenir. Esta conversación ocurre precisamente allí donde su pensamiento parece haber llegado, en el punto donde una máquina comienza a medir nuestro futuro y el futuro, completamente desnudo, comienza a medirnos a nosotros.

 

Infancia, guerra, crisis climática, tecnología y vigilancia en la nueva instalación inmersiva de Cristina Planas.
Infancia, guerra, crisis climática, tecnología y vigilancia en la nueva instalación inmersiva de Cristina Planas.

 

Durante décadas has trabajado con cuerpos, símbolos religiosos, violencia política, memoria, migración y conflicto. Ahora regresas al Perú con una obra cuyo organismo ya no está hecho solamente de materia escultórica, sino también de pantallas, sensores, placas y circuitos. ¿Qué ocurrió en tu pensamiento para que el cuerpo que antes esculpías terminara convirtiéndose en un sistema electrónico capaz de percibir, procesar y responder?

Yo creo que vivimos un momento de grandes cambios e incertidumbres, muchos de ellos provocados por los avances de la tecnología y, más recientemente, por la inteligencia artificial. Mi obra siempre ha sido fruto de investigaciones que parten del hoy, de observar mi entorno y preguntarme de qué manera aquello que sucede nos afecta y nos transforma. Por eso, incorporar pantallas, sensores, placas y circuitos no ha sido un giro ajeno a mi trayectoria, sino una consecuencia natural de mirar el presente. No siento que el cuerpo que antes esculpía se haya convertido en un sistema electrónico. El cuerpo sigue siendo central en mi obra: vulnerable, político y expuesto. Lo que aparece ahora es todo ese sistema tecnológico que lo rodea, lo observa, lo mide y procesa información sobre él. He comenzado a entender la tecnología como una nueva materia escultórica, una materia capaz de percibir y responder. En Tierra prometida el niño duerme mientras toda la estructura permanece activa. Esa tensión expresa, para mí, el mundo que estamos construyendo y que él va a heredar.

 

Estás viviendo y estudiando en Barcelona en una escuela especializada en circuitos integrados y arte digital. ¿Cuál es? ¿Qué has ido a buscar allí que no podías encontrar en tu propia trayectoria? ¿Se trata de aprender una nueva tecnología o, más radicalmente, de reaprender qué significa ser artista cuando la materia también puede ser código, señal, sensor y algoritmo? 

Yo fui a vivir a Barcelona hace casi seis años con mi familia. Estando ahí sentí la necesidad de volver a colocarme en un lugar de aprendizaje, incertidumbre y descubrimiento. Después de tantos años trabajando como artista, volver a estudiar fue una manera de sacudirme. Estudié el Máster en Artes Digitales y Programacion Creativa en BAU (Centro Universitario de Arte y Diseño de Barcelona) y volví a ser principiante. Esa experiencia fue muy movilizadora para mí. Me interesaba comprender la tecnología desde adentro, saber qué sucede detrás de una pantalla, conectar un sensor, trabajar con circuitos y entrar en la lógica del código. Hoy una parte importante del poder circula a través de datos, algoritmos y sistemas tecnológicos que intervienen en nuestras decisiones y en nuestra manera de relacionarnos. Sentí que acercarme a estos lenguajes significaba también acercarme a la materia política de nuestro tiempo. Vengo de la escultura y sigo pensando como escultora, desde la relación entre materia, espacio y cuerpo. Ahora esa materia se ha expandido. Una señal, un dato, un sensor o una línea de código también tienen peso, producen comportamientos y afectan los cuerpos. Todo es aprendizaje siento que amplió mi manera de hacer y de pensar el arte.

 

Hay algo casi circular en que Tierra prometida nazca de ese tránsito tecnológico y regrese ahora al Perú, el territorio donde comenzó buena parte de tus obsesiones. ¿Vuelves a Lima con una tecnología nueva para mirar un país antiguo o con una mirada nueva para volver a mirar aquello que nunca terminaste de abandonar? 

Yo siento que Lima y el Perú siguen siendo mi centro, aunque viva en Barcelona. Aquí se formó mi mirada y aquí nacieron muchas de las preguntas que atraviesan mi trabajo. Cada vez que vuelvo, Lima me sacude y me enfrenta nuevamente a sus contradicciones. La distancia ha afinado mi manera de mirar y me ha permitido reconocer ciertas tensiones desde otra perspectiva. Tierra prometida habla de guerras, crisis climática, vigilancia y compromisos globales, y desde el Perú todas esas promesas adquieren una densidad particular, porque conocemos muy bien la distancia entre lo que se promete y lo que finalmente se cumple. La tecnología me está permitiendo ahora hacer visibles las contradicciones de ese presente. Vuelvo con nuevas herramientas y con una mirada transformada por la distancia, para seguir pensando desde el mismo lugar que siempre ha impulsado mi obra.

 

Has sido llamada impertinente y varias de tus obras han provocado censuras, vetos, acusaciones y controversias. La Wawa, La migración de los santos, Fosa común, Los Gallinazos: en distintos momentos has tocado nervios que algunos sectores de la sociedad preferían mantener anestesiados. ¿Qué has aprendido de la censura que no pudieses haber aprendido de la aceptación?

La censura me ha enseñado, primero, que las imágenes todavía tienen poder. Cuando una obra es retirada, vetada o atacada, queda claro que ha tocado una zona sensible que todavía continúa abierta. Y claro, estas reacciones revelan los miedos, los tabúes, las creencias y las estructuras de poder que la obra ha puesto en tensión, como los ejercicios de poder que nos revelan quién se atribuye el derecho a decidir qué podemos mirar, recordar o discutir. En lo personal, me ha obligado a sostener mis decisiones y a revisar con mucha honestidad por qué hacía cada obra. Mi punto de partida siempre ha sido una investigación y la necesidad de hablar sobre algo que me atraviesa. La controversia ha aparecido después, como una reacción, pero esa experiencia también me ha dado un mayor sentido de responsabilidad porque siempre intento buscar que la incomodidad abra una reflexión y vaya más allá del escándalo. Me ha sucedido que una vez en el espacio público, la obra adquiere una vida propia. Puede ser interpretada, manipulada o reducida a un titular. Por otro lado, siento responsabilidad es sostener la pregunta que le dio origen. También es importante la aceptación porque permite que la obra circule. La verdad que esto me vendría muy bien.

 

Una obra-matriz instalada en la zona cero del Zeitgeist.
Una obra-matriz instalada en la zona cero del Zeitgeist.

Tus primeras confrontaciones estaban dirigidas contra formas reconocibles del poder: la violencia política, el fanatismo religioso, la amnesia histórica, la devastación ambiental. En Tierra prometida el adversario parece mucho más difuso: sistemas, datos, algoritmos, información, velocidad, vigilancia. ¿Crees que el poder contemporáneo se ha vuelto más difícil de combatir precisamente porque ya no necesita mostrarnos su rostro?

Yo no creo en adversarios ni pienso mi trabajo como una lucha contra un enemigo. Mis obras hablan desde mi lugar, desde aquello que observo, me preocupa y me atraviesa. Intento comprender el presente y abrir un espacio de reflexión a partir de las preguntas que me planteo. Y sí, en Tierra prometida, el poder se vuelve más difícil de enfrentar porque ya no necesita mostrar un rostro: circula a través de datos, algoritmos y sistemas que usamos y alimentamos cada día. Su fuerza está precisamente en esa invisibilidad y en nuestra propia participación. Eso vuelve nuestra responsabilidad mucho más compleja. La obra sitúa al espectador dentro de ese sistema que también me incluye. Es cierto que me interesa hacer visible esa responsabilidad y, aun en tiempos complejos, encontrar una grieta de esperanza y la posibilidad de mirar y actuar.

 

Hubo un tiempo en que una imagen podía provocar un escándalo porque todavía existía una sociedad dispuesta a pelear con ella. Hoy vivimos rodeados de imágenes de guerra, genocidio, migración, catástrofe climática y violencia. ¿Te preocupa que la saturación visual haya producido un espectador inmunizado, incapaz ya de escandalizarse?

Sí, eso me preocupa mucho. Desensibilizarnos es una manera de apagarnos. Cuando el horror se repite hasta convertirse en un loop sin salida, empezamos a normalizar lo intolerable y perdemos nuestra capacidad de reacción. En Tierra prometida llevo esa saturación al espacio y la confronto con el cuerpo vulnerable del niño. Frente a él, busco que esas imágenes recuperen su gravedad, vuelvan a afectarnos y nos saquen de e de esa anestesia.

 

Si hubiera que encontrar una palabra para nuestro presente quizá sería simultaneidad: guerras en tiempo real, inteligencia artificial, crisis climática, migraciones masivas, vigilancia digital, desinformación, automatización. Tierra prometida parece querer introducir todo ese presente dentro de un único organismo. ¿Qué crees que está diciendo esta obra sobre el espíritu de nuestro tiempo que no podría haber dicho una escultura hace veinte años?

Creo que Tierra prometida habla de un presente hiperconectado, saturado de información y, al mismo tiempo, profundamente inmovilizado. Todo sucede a la vez, la guerra se transmite en directo, el clima se convierte en cifra, el cuerpo en dato y el futuro en una cuenta regresiva. Hace veinte años habría representado esa realidad; hoy puedo hacer que la obra se comporte como ella. Observa, registra, mide, responde y permanece activa mientras el niño duerme. La tecnología es a la vez el lenguaje de la pieza y parte de aquello que cuestiona. Para mí, ese es el espíritu de nuestro tiempo.

 

El niño desnudo es probablemente la imagen más vulnerable de toda la instalación, pero también la más políticamente poderosa: no ha tomado ninguna decisión y, sin embargo, heredará todas nuestras consecuencias. ¿Ese niño, que es además tu hijo, representa al futuro, a una víctima, a la humanidad o somos nosotros mismos quienes, al mirarlo, descubrimos nuestra propia desnudez histórica?

Sí, ese niño es mi hijo, es un retrato que le hice hace 12 años y ahora está interactuando en esta mi nueva obra. Por eso creo que la condición de víctima le queda pequeña, es un heredero involuntario porque recibe nuestros avances, pero también nuestras guerras, sistemas de vigilancia y promesas incumplidas. Él está en un estado de latencia mientras la máquina procesa el mundo que le estamos dejando. Su desnudez termina exponiéndonos a nosotros y revela la distancia entre lo que sabemos y lo que hacemos. Esa es la tensión de la pieza y, bueno, confío que esa herencia aún puede transformarse.

 

Has convertido el seno materno —uno de los símbolos primordiales de protección— en una estructura atravesada por cables, pantallas y dispositivos electrónicos. ¿Estamos ante una madre que protege al futuro o ante una máquina que ya no sabe distinguir entre cuidar, vigilar y controlar?

Quise construir una estructura ambigua. Esa nube es, al mismo tiempo, una placenta y una nube de datos: sostiene al niño mientras observa, mide y procesa el mundo que lo rodea. El mismo gesto que cuida puede registrar, clasificar y controlar. Me interesa esa frontera cada vez más borrosa, porque hoy la tecnología entra en los espacios más íntimos bajo la promesa de protegernos y comienza a condicionar el futuro antes de que pueda elegir o reaccionar.

 

Una de las pantallas muestra misiles y explosiones. La Raspberry Pi participa en la reproducción de esas imágenes. La guerra, entonces, ya no aparece solamente como contenido, circula por una infraestructura computacional. ¿Te interesa esa paradoja según la cual las tecnologías que utilizamos para representar la violencia pertenecen a la misma civilización tecnológica que ha llevado la capacidad destructiva de la guerra a una escala inédita?

Sí, la verdad es que esa paradoja me interesa mucho. Es inquietante comprobar cómo gran parte de los avances tecnológicos que hoy nos asombran se han desarrollado o acelerado por las necesidades bélicas del mundo. La guerra ha sido uno de los grandes motores de la innovación tecnológica. Los mismos sistemas que nos conectan, amplían el conocimiento o permiten salvar vidas también perfeccionan la vigilancia, el control a distancia y la destrucción. En Tierra prometida el circuito forma parte del relato porque la violencia se convierte en imagen, dato y operación. Ahora estoy en un proceso de investigar y hacer visible esa relación tan estrecha entre innovación, poder y guerra.

 

Una compleja arquitectura electrónica desarrollándose en la matriz.
Una compleja arquitectura electrónica desarrollándose en la matriz.

El Arduino R4, las placas tipo ESP32, los sensores y los sistemas de interacción convierten la instalación en una especie de organismo electrónico. ¿En qué momento una obra deja de ser un objeto que representa algo y comienza a comportarse como algo que piensa, escucha o responde? Y, más provocadoramente: ¿puede una obra tener una especie de sistema nervioso?

La verdad es que ahora siento que casi cualquier cosa que imagino puede hacerse posible. Los sensores detectan lo que sucede, las placas reciben esa información y el código hace que la pieza responda. En Tierra prometida, cuando alguien se acerca, los ojos se abren; la obra también registra su pulso y mide el ambiente. Todo ese entramado de sensores, cables y placas funciona como una especie de sistema nervioso. La pieza está atenta a lo que ocurre a su alrededor.

 

Dos sensores registran el pulso de quienes se aproximan. Eso significa que el espectador no solamente contempla la obra: deja información corporal dentro de ella. ¿Querías que el visitante experimentara físicamente esa transformación contemporánea del sujeto en dato? ¿En qué momento mirar una obra se convierte también en ser vigilado por ella?

Al colocar el dedo, el espectador entra literalmente en el sistema: su pulso se convierte en dato, sonido y registro. A la vez, ese latido afirma algo elemental: aquí hay vida. Me interesa esa tensión entre participar y ser medido. La vigilancia comienza justo ahí, cuando un gesto voluntario del cuerpo queda incorporado al sistema.

 

El panóptico de Foucault necesitaba una torre y un vigilante invisible. Hoy llevamos el dispositivo de vigilancia en el bolsillo y voluntariamente entregamos nuestra ubicación, nuestros hábitos, nuestros rostros y nuestros deseos. ¿Crees que hemos pasado de una sociedad que teme ser vigilada a una sociedad que participa activamente en su propia vigilancia?

Sí. Hoy la vigilancia se presenta como comodidad: conexión, seguridad, orientación, reconocimiento. A cambio entregamos nuestra ubicación, nuestros hábitos, nuestros rostros y hasta nuestro pulso. La torre del panóptico cabe ahora en el bolsillo y nosotros mismos la alimentamos cada día. Esa participación parece voluntaria, pero ocurre dentro de sistemas opacos que convierten nuestros gestos en perfiles y decisiones. En Tierra prometida, el espectador mira y, al mismo tiempo, descubre que también está siendo leído.

 

La obra introduce los Objetivos de Desarrollo Sostenible, los compromisos climáticos y una cuenta regresiva hacia 2030. Pero hay algo profundamente inquietante en transformar una promesa política en porcentajes, indicadores y segundos. ¿En qué momento la estadística deja de ser una herramienta para conocer la realidad y se convierte en una liturgia mediante la cual fingimos que estamos resolviéndola?

Yo creo que la estadística se vuelve una liturgia cuando medir ocupa el lugar de actuar. En Tierra prometida, la cuenta regresiva expone las postergaciones, pero también hace visible el tiempo que todavía tenemos. Cada segundo es una advertencia y una posibilidad y ese tiempo que queda es también una forma de esperanza, la oportunidad de convertir la promesa en acción.

 

Ese número que va en descenso introduce una dimensión casi escatológica. El futuro aparece como deadline. ¿Te interesa que el espectador experimente el tiempo no como esperanza, sino como presión? ¿Estamos ante una cuenta regresiva hacia el cumplimiento de una promesa o hacia el momento en que tendremos que admitir que no la cumplimos?

Yo pienso que la cuenta regresiva convierte una promesa abstracta en tiempo real, te trae aquí y ahora… cada segundo que pasa hace visible la urgencia. Para mí, esa presión también contiene esperanza, porque mientras el contador avanza todavía existe un margen para actuar. El número mantiene abiertas las tres posibilidades, la de cumplir, la de llegar tarde o no llegar nunca y devuelve la responsabilidad al presente.

 

Tu obra ha trabajado obsesivamente con la memoria: recordar la violencia para evitar repetirla. Tierra prometida parece dar vuelta esa operación porque ya no mira solamente hacia atrás, sino hacia aquello que todavía no ocurrió. ¿Es posible que hayas pasado de una estética de la memoria a una estética de la anticipación? ¿Estamos ante una obra sobre el futuro porque el futuro se ha convertido en el nuevo territorio de la memoria?

Yo, la verdad, lo veo como una continuidad. Mi trabajo con la memoria siempre ha buscado entender cómo el pasado sigue actuando en el presente y en Tierra prometida la mirada se desplaza hacia las consecuencias que estamos produciendo hoy. El futuro ya está ocurriendo porque se calcula, se programa y se entrega como herencia. La obra intenta recordar por adelantado y dejar constancia de todo lo que ya sabíamos. Pienso que quizás anticipar sea eso, recordar antes de que sea demasiado tarde.

 

Cuatro ojos se abren apenas el espectador se pone al frente.
Cuatro ojos se abren apenas el espectador se pone al frente.

Durante mucho tiempo tu obra utilizó imágenes religiosas, cuerpos, esculturas monumentales y símbolos reconocibles para provocar una reacción. Ahora utilizas circuitos, datos y dispositivos digitales. ¿La tecnología se ha convertido para ti en un nuevo lenguaje político o sigue siendo simplemente otra materia escultórica puesta al servicio de las mismas preguntas que te acompañan desde el comienzo?

Mi obra siempre ha intentado testear el mundo que me rodea y hacerme preguntas sobre él. Siento que hoy vivimos tiempos de gran incertidumbre, atravesados por avances tecnológicos que transforman nuestra manera de vivir, relacionarnos y decidir. Por eso me interesa hablar de la tecnología desde la propia tecnología: utilizar sus circuitos, datos, sensores y códigos para pensar críticamente cómo interviene en nuestros cuerpos y en nuestra vida. Es una nueva materia escultórica, pero a la vez un lenguaje político de este presente.

 

Has sido reconocida internacionalmente —en 2015 obtuviste el Emerging Voices Award de Financial Times y OppenheimerFunds por obras como Vultures, Table of Negotiations, Mass Grave y Coloured Christ— en una plataforma que buscaba amplificar voces artísticas provenientes de los llamados mercados emergentes. Once años después, ¿qué significa para ti ser una artista peruana que vive en Barcelona y trabaja con lenguajes tecnológicos globales? ¿La nacionalidad sigue siendo una raíz o se ha convertido también en un problema que el arte contemporáneo debe desmontar?

Mi centro siempre será el Perú porque aquí se formó mi mirada, mis preguntas y la manera en que entiendo el poder, la memoria y el cuerpo. Vivir en Barcelona y trabajar con tecnología ha ampliado mi lenguaje, pero el lugar desde el que miro sigue siendo desde ser peruana. La nacionalidad se vuelve problemática cuando funciona como una casilla que reduce la obra, pero para mí es una raíz viva y móvil porque el Perú es mi punto de partida incluso cuando hablo de problemas globales.

 

Antes provocabas porque tocabas aquello que no debía tocarse. Ahora parece que provocas desde otro lugar: introduces al espectador dentro de un sistema que reproduce las mismas lógicas de información, vigilancia y medición que critica. ¿Te interesa todavía escandalizar o tu objetivo ha cambiado: ya no quieres que el público se indigne sino que descubra que él mismo forma parte del problema?

Mi objetivo nunca ha sido el escándalo, aunque sí la incomodidad y desde ahí creo sigo en la misma ruta. Creo que el arte puede ser un vehículo de cambio porque nos mueve de nuestras certezas y nos obliga a mirar desde otro lugar. Estar incómodos, entendido como mantenernos despiertos y revisar aquello que damos por sentado, me parece una manera saludable de vivir. En Tierra prometida esa incomodidad aparece cuando el espectador descubre que el sistema también lo incluye, incluye su cuerpo que se convierte en dato, su futuro en cifras y finalmente en cuenta regresiva.

 

Has dicho que el arte debe incomodar para generar reacción y reflexión. Tierra prometida parece llevar esa premisa hasta su límite: el espectador entra, mira, es medido, escucha, ve guerras, observa el clima, contempla al niño y finalmente queda frente a su propia responsabilidad. Si tuvieras que reducir toda la obra a una sola pregunta que el espectador debería llevarse consigo al salir de la sala, ¿cuál sería?

¿Estás despiert@ o eres parte de este mundo adormecido en esta tierra prometida?


Selfie de la artista durante el montaje de la obra en Socorro Polivalente.
Selfie de la artista durante el montaje de la obra en Socorro Polivalente.

 

 

Instalación: Tierra prometida 

Lugar: Socorro Polivalente

Dirección: Jr. Santa Rosa 348, Barranco

Fechas: Hasta el 10 de setiembre de 2026

 

 

 

 

 
 
 

Comentarios


Copia de vocablo logo (5)_edited.jpg

¡Gracias por suscribirte!

bottom of page