El color después del poder
- Czar Gutierrez

- hace 11 minutos
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Quítate tú pa’ ponerme yo! es una arqueología de partidos evaporados y democracias domesticadas. La Venezuela de Alexander Apóstol como laboratorio donde la estética del progreso, la ilusión colectiva y el autoritarismo coinciden peligrosamente. Exhibe en Livia Benavides de Barranco.
Escribe Czar Gutiérrez

Para Goya, la guerra no era epopeya sino acusación. Daumier convirtió la caricatura en una máquina de demolición burguesa. El arte, cuando quiso representar el poder, siempre lo desobedeció. He ahí Courbet y su materialismo insolente. O el dadaísmo de Heartfield haciendo del fotomontaje un arma contra la propaganda. Está Picasso y el Guernica transformando en consciencia geométrica la devastación.

La modernidad también fue una insubordinación. Los grandes momentos de esa alianza entre estética y crítica política aparecen precisamente cuando una sociedad se encuentra cercada por aquello que pretende administrarla. Veamos al muralismo mexicano disputando al Estado el monopolio de la memoria. El constructivismo soviético, antes de ser domesticado por el estalinismo, soñando con una estética capaz de reorganizar la vida.

El arte latinoamericano bajo las dictaduras inventando metáforas, cuerpos ausentes, archivos clandestinos y estrategias de camuflaje. Tucumán Arde, CADA, el conceptualismo latinoamericano, el arte de los setenta y ochenta. Todos ellos entendiendo que contra el poder rara vez basta el panfleto. Hay que intervenir sus signos. Infectar su gramática. Hacer que la imagen revele aquello que el discurso oficial pretende mantener invisible.
En ese linaje feroz se instala el venezolano Alexander Apóstol. Pero lo hace mediante una operación más peligrosa que la denuncia frontal: desactiva los símbolos hasta descubrir el mecanismo que los hizo eficaces. No destruye la estética del poder; la deja funcionando, casi intacta, para que podamos contemplar su maquinaria interna. Su Venezuela, lejos de ser solamente un país atravesado por sucesivas crisis políticas, es un laboratorio donde la modernidad, la democracia, el populismo, el nacionalismo y el autoritarismo aprendieron a servirse de una misma seducción visual.
De allí la precisión venenosa del título: Quítate tú pa’ ponerme yo! La frase no describe solamente una sustitución electoral o una idiosincrasia política. Formula una teoría del fracaso. El poder cambia de rostro mientras conserva su esqueleto. Se reemplazan los nombres, los colores, las papeletas, los gobiernos, las consignas. Permanecen agazapadas las estructuras que hacen posible la obediencia. El supuesto cambio puede ser, entonces, la forma más sofisticada de la continuidad.

Apóstol encuentra esa continuidad donde aparentemente solo existe abstracción: en el color. “Color is my business”, las obras de 2026, son impresiones fotográficas digitales que, en la ficha técnica, alcanzan dimensiones monumentales —214 × 235,3 cm; 159 × 314 cm; 212 × 157 cm; 106 × 157 cm— y despliegan campos cromáticos que parecen haber sido arrancados de un museo de la modernidad para ser sometidos a interrogatorio. He ahí la paradoja: el color, que alguna vez prometió libertad perceptiva, movimiento, racionalidad y futuro, aparece convertido en código. Y administra el porvenir.
La operación es particularmente cruel porque toca el nervio de la tradición cinética y constructiva venezolana. Aquella estética de la vibración, la transparencia y el movimiento fue uno de los grandes orgullos culturales de una democracia que quiso presentarse como moderna, cosmopolita y progresista. Apóstol descubre debajo de esa superficie luminosa una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando una estética emancipadora se convierte en lenguaje oficial? ¿Cuándo la belleza deja de cuestionar el orden y empieza a legitimarlo?

En “Partidos políticos desaparecidos” la operación alcanza una precisión casi forense. Apóstol toma la memoria cromática de organizaciones políticas que ya no existen y elimina aquello que permitiría reconocerlas plenamente. Nombres, rostros, discursos. Sobreviven los colores como cadáveres sin epitafio. La ficha registra, entre otras, MONCHO / Movimiento de Organización Nacional Con Honestidad Administrativa, OPIR, Fórmula 1, FND, PH, PAN y Elección 1983, FP Fuerza Popular, en instalaciones murales de gran escala.
Es aquí donde la obra deja de ser una arqueología venezolana para convertirse en una acusación universal. Un partido puede desaparecer, su color permanece. Una ideología puede evaporarse, su estética sobrevive. Una democracia puede extinguirse sin que desaparezcan necesariamente los dispositivos visuales que alguna vez la hicieron imaginable. El procedimiento contiene una paradoja formidable: cuanto menos información ofrece la imagen, más política se vuelve.

Al retirar el texto, Apóstol obliga al espectador a enfrentarse con aquello que normalmente pasa inadvertido, Esto es, la pura administración de la percepción. La política empieza antes del voto. Empieza cuando aprendemos a asociar un color con una promesa, una forma con una identidad, una arquitectura con una idea de nación.
Y entonces aparece Chromosaturated Collective Bargaining Agreement, de 2012, video monocanal de 50 minutos y 10 segundos. Las imágenes de la ficha —cuerpos colectivos ante superficies cinéticas, espectadores inmersos en arquitecturas saturadas de color, espacios sociales donde la percepción parece desplazarse continuamente— hacen visible el tercer movimiento de la investigación. Ya no se trata del color que identifica al poder, será el poder el que organice la mirada.
Aquí Apóstol alcanza una ferocidad conceptual mayor. El cinetismo exige una posición del espectador porque aquello que vemos depende de dónde estamos. El populismo funciona de manera semejante. No existe una experiencia única del poder porque el poder se adapta al lugar social desde el cual se lo contempla. Seduce al obrero de una manera, al empresario de otra. Interpela al desposeído mediante una promesa y al privilegiado mediante otra. La ilusión es colectiva precisamente porque cada individuo puede creer que la ilusión fue diseñada para él.

Por eso el verdadero enemigo de Apóstol no es un gobernante determinado. Es la facilidad con que una sociedad acepta confundir sustitución con transformación. El título de la exposición termina entonces por regresar como una sentencia: Quítate tú pa’ ponerme yo. No hay aquí una celebración del relevo sino la autopsia de una lógica. La democracia puede cambiar de color sin cambiar de estructura. El partido puede desaparecer mientras permanece el deseo de partido. La revolución puede mutar en administración. El modernismo puede convertirse en decoración institucional. La estética emancipadora puede terminar trabajando para aquello que originalmente pretendía superar.
De modo que Apóstol no pinta una Venezuela derrotada. Hace algo peor, pinta la persistencia de su ilusión. Y acaso ahí reside la potencia política de estas obras. Nos hacen desconfiar de aquello que pensamos demasiado fácilmente. Frente a sus colores impecables, sus geometrías seductoras, sus arquitecturas aparentemente racionales y sus partidos reducidos a espectros cromáticos, comprendemos que el poder rara vez necesita imponerse por la fuerza cuando consigue instalarse primero en la percepción.
El color, entonces, deja de serlo. Es memoria. Es propaganda. Es deseo. Es voto. Es obediencia. Y, sobre todo, es aquello que queda cuando todos los nombres del poder han desaparecido.
Galería: Livia Benavides
Hasta el 17 de octubre del 2026.
Dirección : Malecón Pazos 252, Barranco.
Horario : Lunes a Viernes 09:00 am -7:00 pm Sábados 11:00 am - 7:00 pm




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