La voz de los 80s
- Czar Gutierrez

- hace 5 días
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Casa Fugaz reúne a los artistas más representativos de aquella década convulsa en una colectiva altamente poderosa, significativa y entrañable.
Escribe: Czar Gutiérrez

Fue un período de fractura, desplazamiento y reformulación de las funciones simbólicas de la imagen. Una época signada por el cruce excepcional entre historia política, crisis social y redefinición del estatuto del arte. Por eso los ochenta no fueron una década “estilística” en sentido clásico: no respondieron a un programa unificado, pero sí a esa urgencia común que es producir sentido en un país desbordado por la violencia, el colapso económico y la deslegitimación de los grandes relatos modernos.
Recuérdese, la década se inaugura con el retorno a la democracia formal y se desarrolla bajo el impacto de la inflación extrema, la progresiva precarización de las instituciones culturales y ese escalofriante telón de fondo que fue el conflicto armado interno. Bajo estas condiciones estructurales, los artistas pintan en medio de apagones, escasez de materiales, aislamiento internacional y una sensación generalizada de inestabilidad. Así, la plástica devino, por necesidad, en un espacio de condensación crítica antes que de expansión formal.
Juan Javier Salazar, Guillermo Bolaños, Alberto Grieve, Charo Zapater
Por otro lado, la noción de modernidad artística —heredada de las décadas previas— entró en crisis porque ya no resultó viable una fe en la autonomía del arte ni en su progreso lineal. Entonces la plástica se vio forzada a negociar con lo político, a veces desde el panfleto directo. Pero siempre lo haría mejor desde la fisura, la alegoría, la distorsión y el retorno problemático hacia la figura.
Porque si los años sesenta y setenta estuvieron marcados por una fuerte gravitación de la abstracción geométrica, el informalismo y ciertas utopías constructivas, los ochenta marcaron un giro decisivo hacia la figuración crítica. Este retorno de ninguna manera implicará ingenuidad representacional, más bien una figuración atravesada por la violencia simbólica, la ironía y la descomposición del cuerpo.
En ese instante histórico resultó clave el trabajo de colectivos como Huayco, que desde finales de los setenta cuestionaron la separación entre arte culto y cultura popular. Entre museo y calle. Aunque su momento más visible es previo, su influencia se prolonga en los ochenta como una ética: uso de iconografía popular, crítica a la institución artística y atención a los dispositivos de poder que organizan la mirada.

La violencia política no se traduce, en la mayoría de los casos, en escenas narrativas explícitas. Aparecerá como clima y saturación del espacio pictórico. El cuerpo humano —fragmentado, grotesco, expuesto— se convierte en un campo de inscripción de la historia hacia una iconografía delirante y expresionista que significa el malestar estructural. La pintura incorpora la violencia a su propia materialidad. El trazo es nervioso, la superficie se vuelve conflictiva, el color pierde armonía clásica. Y todo se encamina hacia una ética del desorden.
Por otro lado, los años ochenta coinciden con la circulación, fragmentaria pero influyente, de discursos posmodernos. Discursos que aquí operarán menos como moda teórica que como síntoma. La idea de un centro cultural se disuelve, la noción de periferia deja de ser un déficit y se convierte en una condición productiva hacia un diálogo con la historia del arte occidental desde la cita irónica, el anacronismo y la contaminación iconográfica. El canon deviene no en modelo a seguir, sino en material a desmontar.

La precariedad institucional obligará a los artistas a generar circuitos alternativos: talleres colectivos, exposiciones autogestionadas, revistas efímeras. Esta fragilidad, lejos de anular la producción, intensificará su densidad crítica. La pintura se piensa a sí misma como acto situado, consciente de su inserción social limitada pero insistente. No hay en los ochenta una escuela dominante, más bien una constelación de prácticas unidas por la imposibilidad de neutralidad estética.
¿Y cómo organiza Casa Fugaz toda esta potencia crítica, este pintar que ya es una forma de pensamiento bajo presión política, presión material y presión simbólica? En once salas individuales, una sala de homenaje, una sala colectiva y otra de intervenciones. Sin pretensión canónica, el campo de fuerzas se dibuja de esta manera:
La Sala de Homenaje, ubicada en la fachada, reúne prácticas que consolidaron un campo crítico desde el cual la generación del 80 pudo afirmarse y proyectarse. Aquí están Mariella Agois, Guillermo Bolaños, Alberto Grieve, Charo Luza, José Carlos Ramos y Juan Javier Salazar. Ciertamente, el homenaje funciona como umbral porque, sin estas prácticas, la generación del 80 no habría encontrado lenguaje ni fricción.
Ramiro Llona, Henry Ledgard, Rhony Alhalel, Hernán Pazos, Gonzalo Pflucker, Fernando Bedoya, Lucy Angulo, Enrique Polanco, Malena Amezaga
Las Salas Individuales del primer piso ofrecen posiciones singulares, cámaras de pensamiento donde cada artista despliega con claridad su gramática visual. Fernando “Coco” Bedoya articula juego, política y experimentación técnica, desplazando lo lúdico hacia una intervención crítica en el espacio social. Ramiro Llona presenta pinturas de 1981 realizadas en Nueva York e integradas por primera vez a este contexto local, evidenciando una conversación sostenida con la historia del arte y la pintura internacional. Rhony Alhalel retoma la piedra como núcleo formal y simbólico, estableciendo continuidad entre lo mineral, el cuerpo y la memoria.
Alberto Casari
Hernán Pazos organiza la abstracción como procedimiento: fragmentar, reciclar y reconfigurar. Henry Ledgard desarrolla una exploración simbólica donde imaginación y memoria cultural se articulan en un campo poético.
Enrique Polanco sostiene una pintura centrada en la ciudad y sus personajes, construyendo una memoria visual de Lima. Cuco Morales presenta el paisaje como experiencia espiritual y simbólica. Lucy Angulo Lafosse reactiva el símbolo y la memoria ancestral desde la naturaleza. Gonzalo Pflucker propone una sintaxis pictórica donde realismo y abstracción conviven como registros simultáneos. Alberto Casari presenta obras de su “Período de las Máquinas”, donde el entorno industrial se transforma en imagen pictórica. Malena Amezaga despliega una práctica escultórica sostenida en la cerámica y el ensamblaje.

La Sala Colectiva del tercer piso propone una lectura coral sin jerarquías, con resonancias. Toda una constelación compuesta por Consuelo Amat y León, Iris Arregui, Bernardo Barreto, Federico Bauer, Alicia Cabieses, Cynthia Capriata, Margarita Checa, Naná de la Fuente, Clo de la Puente, Chalo Guevara, Lucy Jochamowitz, Carolina Kecksemety, Patricia López Merino, Cecilia Lostaunau, César Martínez, Eleonora Patiño, Eugenio Raborg, Javier Ruzo, Pepe Santos, Mareo Susti, Salvador Velarde, Moico Yaker.
Aquí conviven pintura, dibujo, bordado, talla en madera, ensamblaje e instalación. La diversidad de soportes y materiales evidencia la amplitud de búsquedas que esta generación ha sostenido a lo largo del tiempo. No se propone una línea única ni una estética dominante. Se presenta, más bien, una coexistencia de miradas: paisaje y ciudad, memoria y mito, espiritualidad y crítica social. La heterogeneidad forma parte esencial de lo que fue y sigue siendo esta generación.
Cuco Morales
Por su parte, las intervenciones en el corredor principal amplían el recorrido desde una reflexión sobre fragilidad y transformación. Cecilia Paredes presenta “Pregunta por el río…”, obra de la serie Lost & Found and Lost Again donde el paisaje funciona como metáfora de pérdida y transformación irreversible. El río se convierte en memoria de lo que fluye y no regresa. Maricruz Arribas trabaja desde el diálogo entre hierro y vidrio. El deterioro del metal se confronta con la fragilidad luminosa del vidrio, para una tensa convivencia entre disolución, transparencia y desgaste.

En suma, lo que el visitante encontrará aquí es esa evidencia colectiva en cuya virtud hacer arte en aquellos días inciertos y tumultuosos fue una forma de pensamiento crítico, persistente y radicalmente situada. Una generación que creó bajo el temor y la violencia y el colapso del sistema. Y hoy, cuando la barbarie tiene otros rostros, sus obras vuelven a hablar, instaladas además en una zona del Callao —el barrio Castilla— otra gobernada por el sicariato, como si el arte insistiera una y otra vez en ocupar los territorios donde el miedo creyó instalarse.
Consuelo Amat y León, Iris Arregui, Bernardo Barreto, Federico Bauer, Alicia Cabieses, Cynthia Capriata, Margarita Checa, Naná de la Fuente, Clo de la Puente, Chalo Guevara, Lucy Jochamowitz, Carolina Kecksemety, Patricia López Merino, Cecilia Lostaunau, César Martínez, Eleonora Patiño, Eugenio Raborg, Javier Ruzo, Pepe Santos, Mareo Susti, Salvador Velarde, Moico Yaker.
Una pintura conceptualmente sostenible porque nunca evadió el conflicto que la produjo. Y estos 41 artistas son la evidencia plausible de que, cuando el país se caía, ellos sostuvieron la forma desde la intemperie. Una generación que transformó el gesto en idea, el color en ética y la materia en un campo de fricción. El humor abrió grietas, la ironía desarmó mitologías y la memoria se hizo superficie activa. Una generación que, lejos de escapar de la realidad, decidió habitarla desde sus fisuras.










































































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Excelente y profunda nota, conmueve leerla porque así fue. Gracias Czar Gutierrez.