Poéticas en combustión
- Czar Gutierrez

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En Semillas de fuego, la poesía de Leyla Aboudayeh, el dibujo de Nadia Arce y la performance de Carolina Bazo convergen para interrogar el cuerpo y la memoria. Una cosmología tripartita donde palabra, línea y gesto germinan en un mismo territorio simbólico.
Escribe Czar Gutiérrez
Sospecho que la idea central era crear un campo de ignición donde tres lenguajes —poesía, dibujo y performance— se licúen hasta producir una sola materia sensible. Un sistema de correspondencias donde la palabra se haga cuerpo, el cuerpo paisaje y el paisaje regrese como memoria inscrita en la imagen, digamos.
La escritura de Leyla Aboudayeh constituye el núcleo incandescente de esta constelación. Sus poemas, hormonados en las cámaras secretas del cuerpo, afloran como fragmentos desde el interior mismo de la materia orgánica: sangre, órganos, respiración. Todo en una economía de versos que mezclan territorios afectivos y geográficos: Lima, el mar, los jardines domésticos.

Pero también la memoria heredada de una Palestina que persiste como latido transgeneracional. La poesía aparecerá, entonces, como un órgano de percepción ampliado, capaz de escuchar lo que la historia ha enterrado bajo capas de distancia y exilio.
Botánica del incendio
Sobre ese tejido verbal se injerta la línea precisa y alquímica de Nadia Arce. Sus dibujos, dispuestos como diagramas de una anatomía imaginaria, recuerdan simultáneamente los antiguos tratados de historia natural y las cartografías simbólicas del surrealismo. Manos que se multiplican, aves que migran hacia un cuadrado abierto, corazones que palpitan como reliquias fisiológicas. Cada figura parece una célula conceptual del conjunto.

Si la poesía de Aboudayeh trabaja con la combustión interior del lenguaje, los gráficos de Arce realizan la operación complementaria de exponer el mecanismo secreto de esa combustión. Son, por llamarlas de alguna manera, las placas radiográficas del poema.
La tercera dimensión de esta arquitectura sensible se manifiesta en las acciones visuales de Carolina Bazo. En sus imágenes, el cuerpo emerge en medio de una geografía desértica, abrazado a un árbol solitario mientras una estructura roja irradia desde su torso como una estrella orgánica, en un gesto menos teatral que ritual.

Lo cual recuerda aquellas prácticas del Earth-Body Art donde el cuerpo se injerta en la tierra para restablecer una continuidad primordial entre lo humano y el paisaje. Sin embargo, aquí el símbolo adquiere un matiz particular porque el rojo será sangre y herida, pero también semilla, combustión latente y promesa de transformación.
Semilla y resplandor
Lo fascinante de estas Semillas de fuego es que estas tres poéticas, sin superponerse, se fertilizan mutuamente. Si la línea de Arce brota de las metáforas orgánicas de Aboudayeh, la performance de Bazo materializa físicamente el instante en que el cuerpo se convierte en territorio simbólico. Así, el árbol del desierto puede leerse como una prolongación del sistema nervioso del poema y las manos dibujadas como un eco gestual del cuerpo performativo.

Esta confluencia adquiere resonancias singulares al proponer una lenta arqueología del sentir. Cada obra actúa como una excavación: desciende hacia las capas profundas donde se entrecruzan memoria familiar, identidad cultural y pulsión de vida.
Pero quizá la verdadera potencia de la exposición reside en su metáfora central. Una semilla de fuego es una paradoja fértil: es algo diminuto que guarda en su interior una energía capaz de transformar el paisaje. Entonces palabra, dibujo y cuerpo empiezan a funcionar como tres semillas que contienen, cada una, un incendio posible.
Para que sea precisamente allí —en ese cruce entre respiración, trazo y gesto— donde tres lenguas de fuego levanten ese fuego inmemorial que llamamos belleza.
Galería del Parque de la Amistad
Avenida Caminos del Inca, cuadra 20







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