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El ojo que duda

  • Foto del escritor: Czar Gutierrez
    Czar Gutierrez
  • 7 sept 2025
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 7 sept 2025

El espejismo como verdad estética en manos de Andrea Grau, Michelle Prazak, Saleta Rosón y Neira Pérez Rodríguez. Se exhibe todo setiembre en Ginsberg + Tzu.


Escribe: Czar Gutiérrez

 

Garúa y ocaso
Garúa y ocaso

¿Qué ocurre cuando la garúa difumina los contornos y el ocaso tiñe la materia de incertidumbre? El ojo se vuelve altamente vulnerable y la confianza en lo visible se quiebra. Lo cual parece banal, pero no lo es tanto: es el centro del debate del arte contemporáneo. Y ocurre cuando la percepción se convierte en campo de batalla, cuando la superficie en lugar de sospecha. Es el espejismo, claro está, esa franja movediza entre lo que el ojo cree y lo que el pensamiento vislumbra.


Exactamente en ese territorio se levanta Garúa y ocaso, muestra colectiva que reúne a Andrea Grau, Michelle Prazak, Saleta Rosón y Neira Pérez Rodríguez. Cuatro artistas, cuatro trayectorias, cuatro geografías vitales que convergen en un mismo territorio conceptual: la oscilación entre lo aparente y lo esencial, entre lo sólido y lo efímero. Un cuestionamiento radical a la transparencia de las imágenes, a la supuesta correspondencia entre lo que vemos y lo que es.

 

 

Desde la raíz

 

 

Será cuando la pintura de Andrea Grau (Lima, 2001) irrumpa como un gesto visceral.  Como un llamado a la memoria íntima y a la inscripción corporal en la superficie traduciendo, a través de un vocabulario caligráfico y gestual, las visiones internas que la atraviesan: caos, dolor, resiliencia, amor. Grau es heredera de la gran tradición del expresionismo abstracto, pero lo reinterpreta desde su condición contemporánea y latinoamericana. Cada trazo como coreografía, cada color como un latido.


Andrea Grau - Its starting to bloom (2025)
Andrea Grau - Its starting to bloom (2025)

Porque, efectivamente, en el contexto de Garúa y ocaso, sus telas funcionan como umbrales donde la materia se expande y se retrae, sugiriendo que la pintura deja de ser por un momento el espacio que fija las imágenes para dramatizar la transformación. La garúa en ella es la atmósfera desde la que surgen formas inasibles, apariciones que se disuelven apenas intentamos nombrarlas.


En contraste, la obra de Neira Pérez Rodríguez (Callería, Ucayali, 1986) parte de una raíz milenaria: la cosmovisión iskonawa, ese pueblo amazónico cuya lengua y cultura resisten en un contexto de casi extinción. Su arte, sin embargo, no se limita al gesto testimonial. Lo que aporta al horizonte contemporáneo es una abstracción que brota del territorio, una geometría que, lejos de remitir a un formalismo universal, se proyecta sobre un cerro, un río y a la memoria de la selva.


Neira Pérez - S/t (2025)
Neira Pérez - S/t (2025)

Su técnica —resinas vegetales, barros del río, fijación solar— es ya un manifiesto contra la hegemonía de los procedimientos industriales. Cada pieza es al mismo tiempo superficie pictórica y reliquia de un ritual ecológico. En Garúa y ocaso, Neira dimensiona ética y ontológica bajo la certeza de que la ilusión es tanto visual como también cultural. El espejismo aquí se enuncia como posibilidad de supervivencia. La imagen que parece abstracta es en realidad un mapa, un relato cifrado de la selva.

 

 

Intervalos de luz

La trayectoria de la artista española Saleta Rosón (Lugo, 1965) se nutre de un tránsito entre la fotografía artística y la publicitaria, pero en ambas se mantiene fiel a una obsesión: la relación del ser humano con la naturaleza. Sus desnudos abstractos, sus proyectos sobre intervenciones del hombre en el paisaje y, más recientemente, series como Travesía de sal o Nature Rules hablan de una mirada que no se conforma con la belleza aparente, también busca las cicatrices del territorio.


Saleta Rosón - Kolmanskop XV (2024)
Saleta Rosón - Kolmanskop XV (2024)

En Garúa y ocaso, Rosón aporta esa doble cualidad de la fotografía: documento y artificio. En sus imágenes lo sólido se vuelve etéreo y lo invisible reclama presencia. Su trabajo activa la paradoja del ocaso, el instante en que lo visible se apaga, pero la memoria lumínica del ojo insiste en prolongar lo ya perdido. La fotografía, entonces, es registro del pasado y puesta en escena de la incertidumbre.


El aporte de Michelle Prazak (Lima, 1977) se inscribe en la investigación de las percepciones espaciales. Su pintura abstracta, basada en pliegues, desfases y desplazamientos ópticos, convierte la superficie plana en un campo dinámico donde la forma nunca se asienta. Lo tridimensional se simula, se pliega y despliega haciendo visible lo inmaterial.


Michelle Prazak - Torsión Doble 1, 2 & 3 (2025)
Michelle Prazak - Torsión Doble 1, 2 & 3 (2025)

Lo crucial en Prazak es la renuncia al punto de vista único. Su obra reclama una mirada móvil, consciente de que cada interpretación es provisional. La garúa aquí se manifiesta como fluctuación perceptual, mientras que el ocaso marca el instante en que la estabilidad se disuelve ambigüedades varias. Sus lienzos son trampas elegantes que exponen la fragilidad de la percepción y la necesidad de un pensamiento atento.

 

Manifiesto de la apariencia

 

Al reunirlas, la exposición propone un manifiesto sobre la apariencia en el arte contemporáneo. La ilusión no se denuncia como engaño, se reivindica como método, como herramienta epistemológica. Cuando lo visual se ha saturado de literalidad —pantallas, publicidad, imágenes instantáneas—, estas cuatro artistas devuelven al ojo su capacidad crítica. La garúa y el ocaso son metáforas de la ambigüedad, atmósferas donde la visión no se puede dar por segura.


Así, el espectador entra a un territorio donde lo que parece sólido se vuelve bruma y lo que parece volátil sostiene un peso ancestral. Igualmente, la ilusión deja de ser trivial para convertirse en la vía de acceso a una verdad más compleja: todo mirar es parcial, todo aparecer es construcción. Grau convierte el cuerpo en caligrafía pictórica, Neira transforma la abstracción en geografía ancestral, Rosón hace del paisaje fotográfico un teatro de incertidumbres y Prazak hace de la superficie movimiento perpetuo.


Cuatro caminos distintos, cuatro formas de recordar al espectador que la visión nunca es inocente. Y que siempre hay un espesor de superficies, gestos, luces y sombras que reclaman ser habitadas. Instalémonos, entonces.

 

 

Lugar: Ginsberg + Tzu

Dirección: Av. Santa Cruz 1068, Miraflores

Horarios: De lunes a sábado de 10:00 a.m. a 7:00 p.m.

Fechas: Todo setiembre.

 

 

 

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