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El pliegue irónico de la imagen

  • Foto del escritor: Czar Gutierrez
    Czar Gutierrez
  • 12 ago
  • 7 Min. de lectura

Entre la alegoría y el simulacro, la obra del argentino Sergio Camporeale (88) disloca la idea misma de representación. Artista de la fisura, instala su imaginario en la frontera movediza donde el signo revela su propia insuficiencia. Exhibe en La Galería de San Isidro.


Escribe: Czar Gutiérrez


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Aquí la figuración se presenta como un artificio consciente de su desgaste. Antes que la imagen, lo que importa es el acto de su descomposición. En su trazo se advierte la conciencia adorniana de que el arte, tras Auschwitz y la era de la publicidad, no puede ser inocente. Así, cada figura en sus acuarelas es un palimpsesto irónico: un cuerpo que porta las huellas de su propia falsificación.


El color en el venerable artista nacido en La Boca nunca es decorativo: es retórico. Funciona como un oxímoron visual saturando y negando al mismo tiempo la promesa de placer estético. La risa, recurrente en sus personajes, parece de júbilo. Pero es grieta: Beckett contaminando a Daumier. Esa hibridez le permite operar desde la posmodernidad sin someterse a su banalidad, transformando la cita en detonador crítico.


Deleuze llamaría “pliegue” a su poética visual. Es decir, un gesto que repliega el sentido hacia adentro impidiendo su clausura interpretativa. Por eso es que su obra se atraviesa como un campo semiótico en colapso donde el espectador se enfrenta al vértigo de no encontrar un punto fijo.


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Camporeale es, en última instancia, un cartógrafo del exceso visual contemporáneo. No denuncia, no narra, no explica: tensiona. Y en esa tensión, en ese espacio donde la forma se resiste a ser definitiva, el artista revela la paradoja de nuestro tiempo: la imposibilidad de mirar sin estar ya habitados por la imagen.


Acaba de aterrizar en Lima y conversamos especialmente para Vocablo.


¿Qué ocurre con la identidad cuando el rostro se convierte en máscara y la máscara en espectáculo? ¿Qué queda del yo cuando es devorado por la mirada pública?

La realidad es que todos usamos máscaras de acuerdo a las diversas circunstancias o expectativas sociales que se vayan dando. La identidad no desaparece, solo se transforma para actuar en consecuencia. En esta teatralidad, la máscara no es un simple engaño, sino que logra ocultar el verdadero interés de lo buscado.


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En sus obras recientes, el collage digital y el recurso al archivo parecen dialogar con una idea de caos mediatizado. ¿Babylonia es un intento de reorganizar ese caos o simplemente de habitarlo?

Babyonia es un vértigo donde no hay ni orden ni caos. Esto me dio la posibilidad de encarar este proyecto y construir narrativas visuales. En todo caso, estas pueden leerse como una metáfora de la sociedad contemporánea, donde la banalidad, el espectáculo y lo superfluo se mezclan en una danza grotesca. Me interesa el reciclaje como fuente, como una fusión de elementos encontrados, vividos o soñados. El pasado y el presente, el enigma y la revelación.


Durante décadas ha transitado técnicas —grabado, acuarela, collage—, ¿cree usted que la técnica es un destino o una deriva? ¿Es la necesidad física la que guía el hallazgo estético, como ocurrió con su paso al plano horizontal?

La técnica debe ser fiel a la necesidad y no al revés. Personalmente no me interesa mucho cómo está realizada técnicamente una obra, sino lo que logra expresar y comunicar. Por eso es necesaria la técnica para el que...


Usted ha citado a Haneke diciendo: “yo no doy instrucciones de uso”. ¿Cree que el arte tiene la obligación de ser indescifrable? ¿O esa ambigüedad es una forma ética de resistencia?

Yo tomé los dichos de Michael Haneke: "No doy instrucciones de uso". Rechazo por sistema preguntas que puedan servir para explicar lo que hago. Considero que si las doy, robo al espectador la posibilidad de interpretar la obra, desenvolverse en esa imagen, descifrar y apropiarse de una nueva poética y experimentar instintivamente una nueva vivencia. Creo que hay que mirar la obra y confrontar con ella, no con el creador. Las obras valen en sí y por sí.

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Su obra plantea una crítica feroz al simulacro, a la cultura del espectáculo. Sin embargo, usted mismo apela a íconos del consumo cultural global. ¿Hay redención posible en el uso del mismo lenguaje que se critica?

¿Qué hace un artista frente al bombardeo mediático de todo tipo que frecuentemente nos estimula a poder tener otra mirada de la sociedad en que se desenvuelve? Mi mirada nace de todo este conglomerado de imágenes duras y muchas veces banales. Trato de fusionar lo trágico y lo cómico, tratando de capturar la esencia de una ópera muda... En este lenguaje visual que, sin decir nada, intento decir todo. Entre la comedia y la tragedia, quizás esté hablando de lo absurdo, lo sublime o la fragilidad de la existencia. Reflexiones sobre el Teatro del Absurdo.


En sus composiciones las figuras parecen suspendidas en el vacío, desmembradas, deslocalizadas. ¿Es esa fragmentación una metáfora del sujeto contemporáneo o del artista ante el mundo?

Es la metáfora de ambos. Quizás sea mi búsqueda dentro de un laberinto de múltiples espejos, algunos rotos, tratando de traducir todo esto en un hecho plástico.


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Su pintura es reconocida por su ironía visual. ¿Cree que la ironía aún tiene poder en tiempos donde la sátira parece haber sido absorbida por el cinismo mediático?

Creo que la ironía opera a través de un desfase entre el significante y el significado, donde la imagen contradice su sentido literal, fractura códigos culturales establecidos. Su poder reside en hacer visible lo no dicho, usando el exceso y el sinsentido como espejos deformantes de la realidad.


En muchas de sus obras hay una teatralidad que remite tanto a lo grotesco como a lo sacro. ¿Qué papel le atribuye al teatro dentro de la imagen pictórica?

El teatro en sí mismo es la máscara que grita la verdad. En mis obras, el escenario es el mundo, y los personajes son títeres manejados para entrecruzarse en el tiempo/espacio que manejo. En este collage visual genero una parodia sarcástica que cuestiona ciertas narrativas convencionales, oscilando entre lo lúdico y lo cotidiano.


¿Cómo se sobrevive al éxito? ¿Qué desafíos enfrenta un artista consagrado frente al deseo de seguir explorando, equivocándose y produciendo sentido?

Todas las mañanas, al levantarme, trato de romper lo que la vida, la sociedad y uno mismo tienen impuesto. El mayor desafío es seguir sintiendo el pánico frente a una hoja o una tela en blanco. Equivocarse es un lujo enorme que un artista no puede perder, para así salir de la zona de confort. La autocomplacencia es la muerte disfrazada de homenaje.


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En su tránsito entre Buenos Aires y París, ¿qué aprendió sobre el desarraigo? ¿Cree que hay un modo latinoamericano de mirar, incluso cuando se está fuera de América Latina?

El desarraigo te enseña que ninguna geografía es inocente. Siempre tuve y tengo una mirada latinoamericana que viaja en mi mochila. París me dio placeres y distancia, valió la pena, pero Latinoamérica sigue sangrando en mis obras, aunque quizás no se vea.


La historia del arte está colmada de rupturas. ¿A qué rupturas personales o estéticas ha debido enfrentarse para seguir fiel a su verdad?

La coherencia es parte de mí mismo. No intento romperla, pero sí voy incorporando los cambios que considero importantes, que van surgiendo y se transmiten de una obra a otra. Soy fiel a la contradicción y me remito a ella para decir lo que tengo para decir.


Sus figuras a menudo parecen cómicas y trágicas a la vez, como personajes de una ópera muda. ¿Cree que el arte tiene que conmover incluso si no dice nada directamente?

El arte debe conmover antes que explicar. Intento crear un universo semiótico donde los signos del pasado y del presente chocan entre sí, generando nuevas lecturas. Esto puede interpretarse como una reflexión sobre la memoria, el poder y la cultura de masas.


¿Cuál ha sido su mayor fracaso artístico? ¿Y qué aprendió de él que no haya aprendido del éxito?

Mi mayor fracaso, siendo muy joven, fue una serie demasiado calculada, hecha para agradar. Aprendí que el arte no es un contrato con el mundo, sino una pelea con uno mismo. El éxito te aplaude; el fracaso te enseña a escuchar/escucharte.


Algunas de sus obras parecen pertenecer más al sueño o al inconsciente que al mundo exterior. ¿Cree que el arte debe ser una forma de psicoanálisis o de exorcismo?

El arte es psicoanálisis y exorcismo, pero también es brujería donde el dolor se transforma en ritual. Soltar el vacío, los sueños, las pesadillas: todo esto deriva en el mundo del dibujo y el color.


Frente a la velocidad del mundo digital, donde todo es imagen y nada permanece, ¿qué puede ofrecer todavía la pintura? Muchos jóvenes artistas hoy producen desde el algoritmo, el meme, la posironía. ¿Qué consejo le daría usted a un joven artista que quiere resistir sin caer en la nostalgia?

En un mundo de epilepsia digital, lo más importante es dominar las herramientas pero no depender de ellas. Los algoritmos existen, pero que no limiten tu creatividad y tu mirada del mundo. Los memes y el contenido viral son efímeros, se olvidan rápido, pero si perdura la voz única. Y donde un contenido no funciona, no es un fracaso, es aprendizaje para mejorar.


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Usted ha trabajado con el cuerpo, pero casi siempre desde su descomposición o su enmascaramiento. ¿Qué le incomoda del cuerpo? ¿Y qué lo fascina?

Esas figuras en deconstrucción tienen la tensión como un factor creativo importante, buscando perturbar o atraer la mirada en una determinada obra.


Después de haber atravesado varias décadas, exilios, mutaciones técnicas, premios y olvidos, ¿qué es lo único que ha permanecido en su manera de mirar el mundo?

Después de décadas, lo único que permanece es la sospecha y la búsqueda constante de arañar una pared para ver qué hay detrás. Frente a la saturación de información y sobreestimulación, esto me invita al silencio visual para recomponer mi propio camino.


¿Cuál es su relación con el Perú?

El Perú es un fantasma que me visita en tonos ocre y rojo tierra. No es mi sangre, pero sí una herida prestada que a veces pinto para entender mi propia orfandad. No soy de aquí, pero siento que soy uno más.


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Muestra: Sergio Camporeale y Toto Fernández Ampuero: Dos miradas convergentes.

Lugar: La Galería.

Dirección: Conde de la Monclova 255, San Isidro.

Fechas: del 13 de agosto al 6 de setiembre.

Entrada: Libre.

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