La ciudad tiene muchos nombres
En Vida de Pintor, Iván Fernández-Dávila convierte la pintura en una forma de existencia. Su obra dialoga con la tradición pictórica peruana y nos invita a redescubrir Lima a través de su mirada.
Escribe: Daniel G. Alfonso

Hablar de pintura peruana hoy en día implica dialogar sobre una tradición que, lejos de haber quedado demodé en la historia del arte, continúa preguntándose por su propio presente. Este lenguaje ha atravesado nuestras vanguardias, nuestras modernidades, nuestras rupturas y nuestras discusiones sobre lo contemporáneo; ha compartido espacio con los nuevos medios, las instalaciones, las performances y las imágenes que parecen sucederse a una velocidad cada vez mayor. Sin embargo, el lienzo permanece, y lo hace porque todavía hay artistas que encuentran en cada tela en blanco una posibilidad para pensar, mirar y construir nuevas relaciones con lo que los rodea. Aquí, en el Perú, donde la historia de la pintura ha sido escrita por generaciones que supieron transformar la tradición sin abandonarla, seguir pintando en la actualidad supone asumir una memoria y, al mismo tiempo, preguntarse qué puede hacer este lenguaje cuando los contextos han cambiado.
Entre las figuras que hoy mantienen viva esta escritura, con un lenguaje propio, encontramos a Iván Fernández-Dávila Ocampo, un artista que ha construido una trayectoria en diálogo constante con la tradición pictórica peruana y con algunos creadores que han hecho de este lenguaje una forma de vida y pensamiento. Víctor Humareda, Pedro Azabache, Alfredo Alcalde, Enrique Polanco y David Herskovitz, entre otros, forman parte de ese horizonte peruano desde el que Iván ha aprendido a mirar, mientras que Cézanne, Picasso y Gauguin amplían ese universo hacia otras tradiciones de la pintura que continúan alimentando su pensamiento visual. Estas presencias no funcionan como un repertorio de influencias que debamos descifrar o encontrar en cada obra. Las menciono porque representan una memoria viva que el pintor tiene presente cuando vuelve a enfrentarse a un lienzo en blanco.

Mi encuentro con el quehacer de Iván Fernández-Dávila ha sido también parte de un proceso que comenzó con la asistencia a sus exposiciones, con el acercamiento a su estética y a la evolución que se iba construyendo de una muestra a otra, y con la sensación de que detrás de cada obra existía un universo cada vez más coherente. Después llegaron las visitas a su taller y la posibilidad de mirar de cerca el espacio desde donde se comprende que buena parte de sus composiciones tienen continuidad en su propia cotidianidad: las pinturas terminadas y las que todavía esperan, los materiales, los libros, sus catálogos, las obras de otros artistas y esa acumulación de cosas que convierte un espacio de trabajo en mucho más que un lugar donde se pinta. Allí entendí que, en Iván, la pintura no ocupa un lugar separado de la vida. Al contrario, forma parte de ella y termina convirtiéndose en el centro de gravedad de todo lo que conforma su más reciente exposición personal, Vida de Pintor.
Fue precisamente en este tránsito entre las exposiciones y el taller donde comencé a preguntarme qué significa realmente mirar una pintura hoy. Frente a las obras de Iván, esta interrogante aparece con particular intensidad, ya que sus cuadros parten de elementos que creemos reconocer. Su pintura nace de una relación constante con lo que observa, recuerda, admira y vuelve a encontrar. Es un modo de mirar que no termina cuando abandona la calle y regresa a su taller; todo continúa en cada decisión que toma frente a la tela en blanco.
Al leer a Maurice Merleau-Ponty acercarse a Paul Cézanne, encontré una idea que me ronda constantemente mientras observo el trabajo de Iván: cómo la pintura puede enseñarnos a mirar aquello que creíamos conocer. En La duda de Cézanne (1945), el filósofo francés presenta al pintor postimpresionista como un creador que permanece frente al mundo sin apresurarse a convertirlo en explicación, como si cada forma, paisaje y relación entre las cosas necesitara ser descubierta nuevamente. Este pensamiento me resulta especialmente cercano cuando pienso en el trabajo de Iván Fernández-Dávila, pues encuentro en sus composiciones una voluntad de regresar sobre lo que ya ha sido visto y permitir que su pintura produzca una nueva experiencia de lo conocido.

Esto me lleva a pensar en aquellas ciudades que apreciamos primero a través de fotografías, antes de recorrer una calle, entrar a una plaza o encontrarnos frente a un paisaje. La pintura, por su parte, también puede construir en nosotros una primera aproximación a un lugar que posteriormente llegamos a conocer. Muchas veces, la imagen llega antes que la experiencia y, cuando finalmente estamos ahí, lo que vemos parece acompañado por una memoria anterior. El hecho pictórico se adelanta al mundo y, de algún modo, comienza a enseñarnos cómo mirarlo y entenderlo.
Lima está hecha también de estas miradas acumuladas. La hemos visto en fotografías, películas, libros y, de manera particular, en las pinturas de quienes antes que nosotros encontraron en ella un motivo para detenerse. Cada generación ha dejado una ciudad distinta sobre la tela y ese patrimonio visual forma parte de nuestra propia manera de reconocerla. Iván aparece en esta parte de la historia del arte peruano contemporáneo y vuelve sobre la ciudad desde su tiempo, su experiencia y una vida dedicada a observar todo lo que sucede y ha ocurrido a su alrededor.
Por eso, en mi opinión, Vida de Pintor puede ser entendida como una exposición sobre el acto de volver. El artista vuelve a la ciudad, a los lugares donde fue y es feliz, vuelve a los maestros y a sus propias obras y, sobre todo, vuelve a mirar, quién sabe si con otros ojos.
En algún momento me gustaría hacer un libro que funcione como archivo vivo de Fernández-Dávila. Imagino reunir varias voces cercanas a él y a su obra, capaces de construir, desde distintos ángulos, una aproximación a cómo piensa, cómo trabaja y cómo entiende el lenguaje pictórico. Mientras escribo estas palabras, me pregunto si Iván conserva cuadernos donde bocetea y escribe apuntes, mensajes o notas sobre quienes visitan su taller. Pienso en todo aquello que permanece fuera de las exposiciones y que, sin embargo, forma parte de la historia de un artista.

En este sentido, volver a su taller, después de varias visitas, es retomar el contacto con una parte de su vida que no siempre aparece cuando vemos el resultado final colgado en las paredes de una galería o museo. En ese espacio, la pintura conserva su condición cotidiana, ese tiempo casi performático que transcurre entre una tela y otra, entre una idea que aparece rápidamente y una imagen que demora en resolverse. Hay algo particularmente humano en este lugar: los materiales acumulados, las obras que se acompañan unas a otras, los libros que permanecen abiertos o cerrados, las referencias a otros pintores y los recuerdos que forman parte de una misma constelación. Aquí, y no creo que Iván sea del todo consciente, su vida cotidiana y su pintura pierden sus fronteras. Cada elemento está siempre disponible para convertirse, tarde o temprano, en una nueva posibilidad de mirar.
Vida de Pintor no describe únicamente una profesión. Habla de una manera de existir, de lo que significa dedicar la vida a observar y hacer de esa mirada un oficio. El espectador comprende que pintar una ciudad también es una manera de construir una memoria y dejarla abierta para que otros puedan entrar en ese universo interior. Por eso, la pintura continúa siendo una experiencia vigente dentro del arte peruano contemporáneo, no porque deba conservar intacta una historia anterior, sino porque todavía puede recogerla, hacerla pasar por el presente y encontrar nuevas formas de entender el futuro. Iván Fernández-Dávila forma parte de esta continuidad. Su obra recoge una tradición, la lleva consigo y permanece en constante movimiento frente a una ciudad que también se transforma.
Al acompañar a Iván Fernández-Dávila en este proceso desde lo curatorial, mi interés está en conservar ese espacio en el que la pintura todavía puede sorprendernos antes de que una explicación termine por cerrarla. Quizás nuestra tarea frente a una obra consiste, en principio, en permanecer ante ella un poco más de tiempo y dejar que aparezcan las memorias, los ecos de otros pintores y aquellos signos visuales que todavía no sabemos denominar. La pintura puede comenzar a pensar por nosotros precisamente cuando dejamos de exigirle una respuesta inmediata.
De alguna manera, el taller del artista ya ha atravesado las paredes de la sala expositiva. Una parte de él está aquí, literalmente, en cada obra que ahora ocupa la galería. Otras partes permanecen en los objetos, las referencias, los recuerdos y las escenas que han transitado de la vida cotidiana al lienzo. Lo privado comienza a hacerse público y el espectador entra, aunque de manera parcial, en un espacio que originalmente pertenecía al pintor. Los artistas, al parecer, siempre han tenido la costumbre de dejar demasiadas pistas para quienes, mucho tiempo después, intentan reconstruir una vida a través de sus cuadros.

Hace unos meses, en un texto crítico sobre su última exposición personal, escribí que «podría decirse, sin caer en la nostalgia ni el elogio romántico, que nació en la época equivocada». También señalé que «no es difícil imaginarlo caminando por el París del siglo XX, no como fantasía, sino como una clave importante para leer sus lienzos».
Este recuerdo me traslada a 2022, cuando tuve la suerte de estar en el Musée d'Orsay frente a L'Atelier du peintre (1854-1855), de Gustave Courbet. En este monumental cuadro, de 361 × 598 cm, una especie de autobiografía extendida, aparecen representados sus amigos, sus adversarios, sus modelos, su mundo social y, sobre todo, el propio artista en medio de aquello que alimenta su pintura. No puedo evitar imaginar a Iván en ese universo, cerca de Courbet, compartiendo esa manera de entender la pintura como una experiencia inseparable de la vida. Delacroix hizo de su estudio otro tipo de archivo: acumuló dibujos, bocetos, objetos y recuerdos que terminaron formando parte de su universo visual. Más tarde, otros talleres se convertirían en lugares de encuentro, conversación y complicidad entre artistas. Acceder a estos espacios era acercarse al creador antes de que su obra terminara de convertirse en historia del arte.

Regresando a la Lima del siglo XXI, a la ciudad que seguimos recorriendo y mirando todos los días, aunque muchas veces creamos conocerla por completo, encontramos que Lima tiene muchos nombres porque también tiene muchas memorias, muchas miradas y muchas maneras de ser vivida. La pintura de Iván Fernández-Dávila añade otra mirada a esta historia: Lima, una ciudad observada desde una vida de pintor, desde los recuerdos de quienes pintaron antes y desde la necesidad de seguir encontrando algo allí donde aparentemente todo ya ha sido visto.
Vida de Pintor es un recordatorio de que mirar una ciudad no significa simplemente reconocerla del todo, sino aceptar que todavía puede volver a aparecer. Iván continúa observando. Nosotros, frente a sus pinturas, tenemos la posibilidad y la fortuna de hacerlo nuevamente con él.




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