María Yzaga: el juego serio de la pintura
- María Emilia Miró Quesada

- 5 oct
- 3 Min. de lectura
Pintar, para María Yzaga, es un acto de confianza: dejar que el azar, la intuición y el cuerpo conduzcan la imagen. En su “juego serio”, la pintura se abre como un territorio de atención, donde semilla y burbuja encarnan el pulso vital de lo efímero.
Escribe María Emilia Miró Quesada

Para María Yzaga la pintura nunca comienza en un solo lugar. Sus imágenes surgen de la mancha, de un objeto cercano o de una idea previa, y casi siempre esas tres puertas se abren en simultáneo. Varios cuadros dialogan al mismo tiempo como si se respondieran entre sí, fecundando procesos que se enredan y se transforman. La mancha le enseña a confiar en lo inesperado; el objeto se ata a su cuerpo como un eco íntimo que permanece hasta extinguirse; la idea previa no es un plan, apenas un umbral conceptual que empuja a investigar más allá. Ese dejar fluir fue un aprendizaje, una disciplina de confianza: volver a mirar la libertad en los dibujos de los niños cuando enseñaba inicial y recordar que el arte también es ese impulso primero que nunca debería perderse.
El azar, en su obra, no es accidente sino voluntad. Un juego consciente, cultivado, sostenido en el tiempo. Habla de un “juego serio”, un estado que riega como quien cuida una planta: práctica de atención, de apertura y de escucha. Sus métodos son gestos de hospitalidad al imprevisto: dibujos de sombras que registran el movimiento de otro cuerpo; collages que se abren en simetrías y variaciones; manchas que se convierten en detonantes de formas imprevistas. Lo que aparece en el lienzo nunca está previsto de antemano, y quizá por eso sus imágenes conservan una condición abierta, una vibración que rehúye la clausura.

En este territorio simbólico han germinado dos figuras centrales: la semilla y la burbuja. La semilla como origen, como potencia, como centro de irradiación que contiene la promesa de lo que está por nacer. La burbuja como fragilidad, como instante que emerge y se independiza antes de deshacerse. Ambas sostienen la tensión entre lo efímero y lo germinativo, entre lo que comienza y lo que se extingue, y se vuelven metáforas que atraviesan su obra reciente como una música subterránea.
La pintura de Yzaga es afectiva, somática. No busca representar al cuerpo, sino dejar que el cuerpo pinte: se mueve alrededor del lienzo como quien rodea una escultura, desplaza la superficie, la observa desde ángulos múltiples, la hace vibrar con el movimiento. Cada obra queda así como huella de un gesto vivo, como rastro de un contacto. De allí emergen formas circulares, siluetas que evocan lo que sentimos, colores que van de los pasteles al rojo intenso, contrastes que abren la mirada. En todas ellas, la alegría aparece como emoción central, no una alegría ingenua, sino una afirmación vital que se reconoce en el proceso mismo de pintar.

Su obra ha recorrido ferias y exposiciones en Lima, Ámsterdam, Buenos Aires y Rotterdam, siempre fiel a la coherencia de una búsqueda que mantiene el azar y la intuición como ejes. Pero más allá de sus trayectorias y escenarios, lo que queda al mirar sus cuadros es la invitación a soltar la certeza. Sus pinturas no buscan cerrar, sino abrir: abrir preguntas, resonancias, símbolos. La semilla y la burbuja, el cuerpo y la sombra, el gesto y la mancha: todo se integra en una gramática que confía en lo que surge sin aviso. Pintar, para María Yzaga, es un acto de confianza. Y es allí, en esa confianza, donde la alegría se vuelve posible.
Exposición: Aura Sinfónica
Artista: María Yzaga
Curaduría: Daniel Bernedo
Lugar: Ginsberg + Tzu, Lima
Fechas: Del 27 de septiembre al 31 de octubre de 2025



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