No es personal, solo son negocios: Introducción al paisaje delictivo

Aarón López convierte el paisaje delictivo en materia de investigación artística. Frente a la normalización del sicariato, su obra interroga la violencia no solo como crimen, sino como negocio, síntoma social y territorio que hemos aprendido a habitar.
Por Leyla Aboudayeh

Todo paisaje habla de una sociedad. Hay paisajes naturales, urbanos e industriales. También existen aquellos que se construyen a partir de las relaciones de poder, del miedo y de la violencia. La criminología los denomina paisajes delictivos: territorios donde el delito deja de ser un hecho aislado para convertirse en una condición que transforma la manera en que un espacio se vive, se recorre y se recuerda.
Aarón López toma ese concepto para desarrollar una investigación que traslada el lenguaje de la investigación criminal al espacio expositivo. Cintas perimetrales, marcadores de evidencia, cartografías, municiones y otros elementos asociados a una escena del crimen componen una instalación que desplaza nuestra relación habitual con la violencia. Lo que diariamente consumimos como noticia, estadística o registro policial adquiere una dimensión física y emocional.

Su investigación parte de una observación inquietante. El crecimiento del sicariato no puede entenderse únicamente desde quienes ejecutan los asesinatos. También responde a una demanda creciente. Cada vez más personas recurren a la muerte por encargo como una forma de resolver conflictos, convirtiéndola en un negocio que continúa expandiéndose incluso en contextos de crisis. La violencia deja entonces de ser únicamente un problema criminal para revelar una fractura más profunda de nuestra sociedad.
El arte no reemplaza a la investigación policial ni a las estadísticas. Su capacidad reside en otro lugar: aproximarnos a las consecuencias humanas de aquello que los datos registran. Allí donde un informe contabiliza homicidios, la obra confronta al espectador con el trauma, el miedo, la memoria y la normalización de una violencia que ha terminado por integrarse al paisaje cotidiano.

Presentada frente a la División de Investigación Criminal del Callao, esta instalación adquiere una resonancia singular. Aarón López ha desarrollado gran parte de su práctica artística desde Casa Fugaz, en un territorio históricamente marcado por el sicariato, pero también por un persistente esfuerzo por construir comunidad a través de la cultura. La proximidad entre la obra y la realidad elimina cualquier distancia cómoda. Quienes cruzan esta sala no encuentran una representación del crimen, sino un espacio donde el arte recupera la capacidad de detenernos frente a una realidad que la repetición de las noticias ha vuelto familiar.

En ese gesto reside la potencia de esta investigación: devolver espesor humano a un paisaje que, de tanto verlo, corre el riesgo de parecernos normal.




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