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Sacerdotisa de la luz

  • Foto del escritor: Czar Gutierrez
    Czar Gutierrez
  • 12 oct
  • 4 Min. de lectura

En grabados que respiran polvo y eternidad, Carolina Bazo traza un impecable mapa de memorias femeninas bajo la luz implacable del desierto. Piedra de Sol se expone en el ICPNA de La Molina.

 

Escribe: Czar Gutiérrez

 

 

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Su luz no procede del claroscuro, viene del papel blanco que se expande como el desierto sin sombras por la que pone a caminar a sus figuras áridas, fragmentadas. Es un mundo donde el calor ha quemado los matices y solo queda la incandescencia, esa luminosidad que consume y desnuda. El desierto como geografía espiritual donde la vida es como una exhumación. Una escritura telúrica que nace del roce entre el gesto y el abismo. Y en cada trazo late la memoria de un lenguaje más antiguo que la palabra porque la artista ha dibujado sobre la arena los vestigios de una plegaria extinguida.


En efecto, los personajes de Carolina Bazo (Lima, 1968), humanos y no humanos, emergen de un linaje que podría remontarse a las cerámicas mochicas o a los mates burilados del norte, donde el cuerpo es territorio sagrado. Por eso hay en ellos un temblor prehispánico. El recuerdo de los tocados, las caracolas, los huevos y las ramificaciones que sellaban el vínculo con la tierra y con los dioses.


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Bazo, lejos de reproducir esos símbolos, los reordena. Los somete a una alquimia contemporánea. En su imaginario, el huevo —símbolo universal del origen— se convierte en herida, en expulsión, en parto invertido. En su video —el gran detonador de la muestra— los “da a luz” por la boca como si el verbo fuera matriz, como si la creación fuera también un exorcismo.

 

 

Silencio de siglos

 

 

Por su parte, las calcografías de Piedra de Sol parecen escritas por un sismógrafo del inconsciente. El punzón se desplaza sin levantar la mano en un gesto continuo, febril, que deja su trazo como registro del temblor interior. Cada línea vibra como si midiera una sacudida sísmica en la conciencia. Las tintas —terrosas, rojizas, oxidadas— son los pigmentos de un paisaje espiritual: arcilla, sangre, polvo, sol. La artista, más que con colores, pinta con temperaturas. Traza presencias que laten en sus contornos.


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Por eso su serialidad es no menos filosófica que técnica. El grabado, arte múltiple por naturaleza, encarna aquí la idea de ciclo, de retorno, de reencarnación simbólica. Cada pieza es un eco de la anterior, pero ninguna se repite del todo, como los días, como los cuerpos, como las memorias. En esa repetición se cifra la respiración del universo. Y, sin embargo, en medio de tanta materia, lo que prevalece es el silencio.


Un silencio denso, luminoso, que llega rebotando desde el fondo de los siglos. El silencio de las ruinas, el silencio del origen, el silencio de la contemplación. En él se inscriben los niños mutilados del desierto, figuras que evocan tanto los sacrificios ancestrales como los genocidios contemporáneos. Son imágenes que cruzan el tiempo: los cuerpos de Gaza, los cuerpos de Ayacucho, los cuerpos anónimos que la historia entierra y el arte rescata.


Ocurre que el universo de la artista es también político en su vibración. En un país fracturado por el patriarcado y la violencia, su obra dialoga con aquella generación de creadoras de los noventa —Kareen Mishimura, Mariella Agois— que encontraron en el arte una forma de resistencia íntima. Desde el silencio, desde el trazo, desde la blancura, Carolina Bazo escribe una nueva mitología, la de una mujer que crea no para rehacer el mundo, no para decorarlo.

 

 

Espíritu solar

 

 

Su trabajo, ciertamente, dialoga con múltiples genealogías. En la memoria peruana resuenan Tilsa Tsuchiya, con sus mitologías híbridas. Julia Codesido, con la fuerza telúrica de lo femenino. Cristina Gálvez, con sus figuras despojadas, espectrales. De la tradición europea asoman Max Ernst, con su frottage de lo inconsciente. Paul Klee, con su trazo de infancia sublimada y Hans Bellmer, con la fragmentación y repetición del cuerpo. En todos ellos se adivina una raíz común: la convicción de que la forma es un organismo vivo y, el arte, una biología del espíritu.



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Por eso Piedra de Sol es tanto elegía como transfiguración. Su visión del cuerpo, lejos del dolor o el victimismo, es una metamorfosis particularmente perceptible en los cordones umbilicales que atan y desatan. En los cráneos inflados que piensan en exceso. En los cerebros que se desbordan como mares interiores. Todo ello conforma una cartografía de la conciencia femenina y animal donde lo humano se reconoce en la vulnerabilidad de lo otro. Bazo homenajea el cerebro autista como una forma extrema de percepción, una hipersensibilidad que rehúye la norma y revela lo esencial: existir es sentir demasiado.


Así transita toda la muestra, bajo esa estética que conjuga lo ancestral y lo contemporáneo, lo ritual y lo tecnológico, lo simbólico y lo corporal. Como una chamana del metal y del papel, Bazo talla el espíritu con la misma precisión con que incide el buril sobre la plancha en un gesto que recuerda a las sacerdotisas que grababan en piedra los nombres de los astros. Solo que aquí el sol no es una metáfora: es materia, es fuego, es dios.



Y de esa manera Piedra de Sol nos devuelve al origen del arte, a ese instante en que la imagen no era representación sino invocación. Cada figura es una criatura del polvo que ha aprendido a respirar luz. En su equilibrio entre simetría y dispersión, entre geometría y delirio, la obra alcanza ese estado de gracia donde la pureza se asienta en lo inacabado y la armonía es lo que sigue ardiendo.


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Carolina Bazo narra, ilumina y revela. Para que, ya perfectamente solidificado su arte entre la PUCP y la Akademie der Bildenden Kunste de Múnich, presente este espejo donde la memoria colectiva se mira hasta reconocerse en el fulgor blanco de sus planchas. Es decir, exactamente donde el mundo —este mundo devastado— vuelve a empezar.

 

 

Lugar: Museo del Grabado ICPNA.

Dirección: Avenida Javier Prado Este 4625, La Molina.

Hasta el 25 de octubre de 2025.

 

 

 

 

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