Un sueño sin noche
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- 10 ago
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En Un sueño sin noche, Naomi Gamarra transforma el despiojamiento en un ritual de cuidado y memoria. Cerámicas, trenzas y mitos andinos se entrelazan para subvertir jerarquías y dar poder a lo íntimo y lo colectivo.
Por Crisis Galería

Uno de los motores del proceso de creación de Naomi Gamarra (Ginebra, 1999) es mirar hacia el pasado, ya sea histórico o personal, para identificar momentos en los que se abrieron espacios de diálogo y transmisión. A través de esos momentos, intenta tejer vínculos entre personajes de su vida o que habitan sus intereses: entre lo visible y lo invisible, lo sensible y lo palpable, lo humano y lo más-que-humano, lo valorado y lo marginado, lo infantil y lo adulto.
En esta exposición, el hilo conductor es el pelo y el piojo, elementos que atraviesan épocas, geografías, memorias personales e imaginarios colectivos. Relaciona estos intereses creando una comunidad de seres piojosos: personajes que se despiojan, que cuidan y que intercambian, reinterpretando cerámicas Mochica y tocados asociados a la Dama de Cao, donde es posible que se hayan encontrado piojos momificados.

La obra evoca un ritual: el del despiojamiento. Un acto de cuidado cotidiano con una fuerte dimensión social. Le interesa cómo estos momentos íntimos generan espacios de diálogo corporal, de cercanía afectiva, de confianza y cómo, a través de este gesto sencillo, se fortalecen los vínculos interpersonales dentro de una comunidad.
También propone repensar al piojo no solo como un parásito a erradicar, sino como un transmisor de información. Los piojos, a través de su ADN, pueden ofrecer datos valiosos sobre trayectorias migratorias, alimentación y condiciones de vida de antiguas poblaciones humanas. Por ejemplo, en momias de la cultura Ansilta, halladas en Argentina, se encontraron liendres que permitieron reconstruir aspectos de la vida de un hombre fallecido hace 2000 años.
Pelos y piojos han sido testigos del cuidado colectivo, del acercamiento físico y emocional, y también portadores de información ancestral. De niña, la artista tuvo muchos piojos. Casi siempre los descubrían mientras le trenzaban el cabello. En ese gesto encontró cariño, palabra y presencia. Su madre y ella compartieron una habitación con amigas de su madre. Esas mujeres la despiojaban. Ella se sentaba en el suelo y ellas se sentaban a su alrededor, hablando, contándole historias, compartiendo sus propias vivencias migratorias. Esos largos momentos, aparentemente simples, fueron fundamentales para su formación. En ese espacio íntimo y femenino, los hombres no tenían presencia ni poder económico, social o sobre su vida cotidiana.

Desde esa época hasta ahora, el gesto de trenzar ha mantenido una gran importancia simbólica para muchas niñas de la diáspora boliviana y peruana. Para sus profesoras, ella era «la niña de las trenzas y los lentes». Para sus compañeros, «la piojosa». Pero a ella no le importaba. Porque en las trenzas y en los piojos encontraba algo más profundo: una forma de cuidado, de conversación, de construcción identitaria. Era un modo de existir acompañada, aunque el entorno no siempre lo reconociera así.
Al mismo tiempo que investigaba sobre los piojos momificados, se interesó en los símbolos de la cerámica Mochica y los tocados encontrados en el mausoleo de la Dama de Cao (aproximadamente año 400 d.C.).
Fue durante una visita al Museo Larco de Lima que descubrió cerámicas donde aparecían mujeres —o quizás deidades— despiojándose entre ellas. Esta escena cotidiana y cargada de ternura fue el punto de partida para su reinterpretación de estas formas rituales y afectivas. En su trabajo de arqueología especulativa, no busca representar fielmente estas iconografías ancestrales, sino construir un imaginario alternativo donde puedan coexistir y negociar esas influencias, experiencias personales e intuiciones afectivas. Reimagina esas formas y esos signos desde una perspectiva actual, situada, corporal, afectiva, para proponer otra manera de narrar lo íntimo, lo político y lo ancestral.
Al investigar el simbolismo del piojo en el imaginario andino, encontró el mito de Mollep, el piojoso. Era un brujo con un manto lleno de piojos, a los que consideraba como sus hijos. El pueblo donde vivía lo valoraba profundamente, porque el piojo tenía un significado simbólico de fertilidad por la capacidad de reproducción de los piojos, de abundancia y riqueza. Eso era precisamente lo que Mollep traía a la comunidad. Esta visión mítica resonó en ella de manera inmediata, porque le recordó lo que relacionaba con tener piojos y con saber que iba a ser despiojada. Para ella, esos momentos eran como una celebración íntima: la sensación de ser cuidada, de tener suerte, de pertenecer.

Hablar del piojo en una obra artística es también, para Gamarra, una forma lúdica y crítica de entrelazar todas estas influencias. Le interesa cómo este pequeño cuerpo marginado permite crear un espacio carnavalesco, donde los símbolos «bajos», vergonzantes o silenciados pueden invertir su valor y convertirse en portadores de poder, transmisión y afecto. Este juego simbólico entre lo sagrado y lo profano atraviesa las piezas que realizó. Muchas de ellas tienen un estatus iconográfico ambiguo: son rituales, grotescas, delicadas. Su trabajo se sitúa en el cruce entre lo íntimo y lo arcaico, donde el placer de narrar desde el piojo se convierte en acto de afirmación.
En este proceso, aparecen también figuras autorrepresentativas. Como artista, a veces se percibe a sí misma como un piojo: un ser pequeño, desplazado, que parasita, que se adhiere y que migra de cuerpo en cuerpo. Este gesto de parasitar —en el mejor sentido del término— le permite crear a partir de esas influencias nuevas conexiones sensibles. Asumir esta posición marginal le da libertad para transgresiones formales y narrativas, para habitar lo que normalmente se esconde o se desprecia. Desde ese lugar, decidió construir esta obra.

Su interés por los tocados ceremoniales de la Dama de Cao nace también de quién los usaba. El hallazgo de esta gobernante-sacerdotisa en el norte del Perú marcó un punto de inflexión en la historia del país, desafiando las concepciones tradicionales sobre el papel de las mujeres en la antigüedad andina. Su figura es hoy símbolo de poder, de autoridad espiritual y política femenina. Su tumba, ricamente decorada, con ornamentos rituales, armas y tejidos, invita a revaluar los estudios sobre la presencia de mujeres en las esferas del poder religioso y estatal precolombino.
Sobre la artista
Naomi Gamarra (Ginebra, 1999) es una artista de ascendencia boliviana y peruana. Su obra explora la transmisión del patrimonio cultural y las problemáticas ligadas a su experiencia personal de migración, así como la memoria intrafamiliar y colectiva. Al abordar las preguntas históricas vinculadas a la colonización en ambas regiones de América Latina, Gamarra se interesa por los objetos, símbolos, mitos y representaciones sincréticas que emergen de ese choque cultural y político. Su trabajo se centra en la reinterpretación, narrando el viaje entre identidad, hibridación cultural y tensiones de poder entre lo tradicional y lo moderno en el contexto de un mundo globalizado y capitalista.




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