Abrir el motor
- Czar Gutierrez

- hace 2 días
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Cristóbal Llona Tregear (20) presentó su primera exposición durante un solo día y en un taller mecánico. Sus 11 pinturas, suspendidas entre figura y abstracción, ocuparon un territorio de reparación y desmontaje. Un debut efímero para una obra en combustión.

Un taller mecánico sirve para el desmontaje. Los cuerpos industriales son abiertos, diagnosticados, reparados, vueltos a ensamblar. En ese paisaje de herramientas, grasa, metal y motores, el artista debutante introdujo la maquinaria de su pintura en una operación semejante: desarmar la imagen para averiguar de qué está hecha.
Las obras reunidas en su primer portafolio del 2026 —Abstracción I, Figura animal, El castillo entre las nubes, Tribunal creciente, Figuras que observan, Serpiente del techo, Sepultura y La fortaleza del acantilado, entre otras— revelan un territorio donde la figura se encuentra al borde de convertirse en otra cosa. Animal, cuerpo, paisaje, arquitectura, criatura, ruina. Las categorías se contaminan. La imagen aparece como una hipótesis. El ojo reconoce fragmentos, completa vacíos, inventa conexiones. Entonces la pintura acontece en esa zona inestable donde ver precede a comprender.

El óleo adquiere una función particularmente significativa. Su espesor introduce tiempo donde la cultura contemporánea tiene a la imagen en circulación instantánea. Cada capa cubre otra y, al hacerlo, la conserva. Cada corrección permanece como estrato. El cuadro se vuelve superficie y excavación en simultaneo. Sepultura condensa esta lógica con especial intensidad. Pintar puede entenderse como enterrar una imagen para permitir la irrupción de otra.
En Tribunal creciente y Figuras que observan, además, aparece una política de la mirada. El espectador queda incorporado al dispositivo. La pintura es aquello que se mira y comienza a actuar sobre quien contempla. Aquí reside quizá el núcleo más estimulante de este debut: el joven artista trabaja antes de la cristalización de un estilo. Su juventud funciona como condición material de la obra. A los veinte años el lenguaje permanece abierto, permeable, expuesto al accidente. Las influencias todavía pueden chocar entre sí. La tradición todavía puede ser utilizada como combustible.

Ecos de Paul Klee, Joan Miró, Jean Dubuffet, Francis Bacon, Willem de Kooning y Anselm Kiefer. Del signo que muta en criatura a la materia pictórica como organismo. De la figura convulsionada al paisaje mental y la ruina. Encuentro afinidades nacionales especialmente sugestivas con Szyszlo, por la tensión entre abstracción y formas ancestrales. Tsuchiya y Chávez por sus zoologías imaginarias y atmósferas míticas. Shinki por la ambigüedad entre figura y abstracción. Eielson por la investigación de la forma como acontecimiento material. Son genealogías posibles, no filiaciones declaradas.
Formado entre Lima y Londres y actualmente estudiante de BFA en Goldsmiths, Llona Tregear se encuentra en una posición particularmente productiva entre geografías, disciplinas y estados de la imagen. Por eso aquel único día importa. A los veinte años, cuando una vida artística apenas comienza a formular sus preguntas, acaba de cometer el primer acto irreparable: exponerse.

La elección del lugar y la brevedad del acontecimiento convierten su debut en una anomalía particularmente fértil. Una exposición que apenas tuvo tiempo de darse a conocer antes de desaparecer casi inmediatamente deja planteada una pregunta de largo alcance: ¿qué puede hacer todavía la pintura cuando un artista de veinte años decide abrirla como quien abre un motor?
La respuesta está en el aire.





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