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Pensamientos de Caracol

  • Foto del escritor: Daniel Bernedo
    Daniel Bernedo
  • 25 mar
  • 3 Min. de lectura

La obra de Yone Makino explora memoria, identidad y herencia nikkei desde un imaginario íntimo y simbólico. En Pensamientos de Caracol, el recuerdo y el hogar se entrelazan en paisajes oníricos que reconstruyen lo vivido entre lo real y lo imaginado.


Escribe Daniel Bernedo



En 1899, a bordo del Sakura Maru, inició la travesía japonesa al Perú: una y mil historias de superación, reciprocidad e integración, de desplazamiento y asentamiento, que echaron raíces en la tierra y entrelazaron sangre como legado. De generación en generación, lo nikkei —en su diversidad e identidades— manifiesta un imaginario cultural propio y único, donde el archivo familiar, la fotografía, el diario, el testimonio y el territorio, enuncian lo real y maravilloso de lo vivido. Y es así como, en el campo de su ojisan y obasan, Yone Makino (Lima, 1997) aprendió a escuchar el aire.


En la chacra de sus abuelos, dedicados a la floricultura y jardinería —a plenitud de la naturaleza y al filo de la jornada—, entre la contemplación y la atención, la artista cultivó su historia íntima. De esta forma, identidad y memoria son principios esenciales de su práctica artística. Desde su ascendencia e historia familiar, la infancia rural, la migración y la estancia fugaz, así como la pertenencia y la otredad, Makino plasma un imaginario íntimo y simbólico: (re)construye paisajes de melancolía y ensueño, reivindica subjetividades colectivas alternas entrelazando poéticas de afectos, anécdotas y recuerdos, que reflexionan sobre la narrativa identitaria. Metafórica, onírica, mágica y conmovedora, su obra carga un aura de añoranza, cobijo y vinculación: (re)vivir lo (no)acontecido y (re)encontrarse con su ser.



Su plástica indaga en el ser liminal del nikkei contemporáneo, heredero del desarraigo y la (no)pertenencia, lo ambiguo y lo (in)definido. En la reminiscencia de los hechos, lo fragmentario de los recuerdos y los tránsitos de la vida, la artista manifiesta un lenguaje sumamente íntimo, abstracto-figurativo y gestual, espontáneo y sensible, que devela —en el habitar de las manchas y el flujo de los colores— el hospedaje de inolvidables habitantes de antaño.


En Pensamientos de Caracol, a través de la metáfora del caracol —reflexión sobre la vida en la quietud del tiempo y en armonía con la naturaleza—, Makino plantea la confrontación entre el recuerdo y el olvido en la memoria, situada en el plano primordial: el hogar. Desde su psique, con la gestalt y la pareidolia como cómplices de creación. El

archivo fotográfico del padre, construye una mitología de lo real y lo imaginado, de lo eterno y lo fugaz, del ir y venir. Inmersos en su mundo —atemporal, suspendido y emotivo—, las pinturas nos envuelven en una travesía más allá de lo fantástico, lo lírico y lo real maravilloso.




En la narrativa abierta y el aura sentimental de las imágenes —poéticas, melódicas y cinematográficas—, donde converge materia y representación como individuo y paisaje, yace la (re)afirmación de experiencias, la catarsis y la (re)invención de la identidad: el recuerdo como definidor de uno mismo. De los abuelos y la nieta al son de la tierra; de lo ausente como lo presente; de los arquetipos personales —el jardinero, la niña con el perro y el durmiente del centeno—; de los relatos y las anécdotas —el amanecer por las flores, el cultivo de un paisaje infinito y la huida en un tiempo perdido—; del día y las estaciones del año, donde la luz y la noche se abrazan y el clima marca las estancias del alma. Así, lo que Yone Makino aprendió del viento, lo inmortaliza en la pintura.


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